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SILVIA MARTÍNEZ CORONEL, alias AURORA BOREAL,de Montevideo, Uruguay. Soy profesora de Literatura,formadora de futuros docentes,crítica de arte,declamadora,poeta,cuentista,madre y viceversa. Amo con pasión todo lo que hago, me entrego entera, no conozco otra forma de estar en el mundo, ni quiero aprender. Los textos aquí expuestos están registrados como propiedad intelectual de la autora.Si deseas hacer uso de ellos has de ponerte en contacto con ella. Todos los derechos reservados. No se puede copiar ni distribuir. No se puede hacer uso comercial con esta obra. No se pueden hacer trabajos derivados de ella.

TRANSLATE-TRADUCCIÓN

miércoles, 25 de enero de 2012

EL ACCIDENTE


Era temprano, la tenue luz se filtraba por las cortinas.
El niño miró a su alrededor y no halló a nadie. Estaba acostumbrado, nunca había nadie. Comenzó a inventarse historias de duendes, de princesas, de caballeros salvadores, y ahí iba montado en su caballo a rescatar la prisionera.
De pronto algún ruido de la calle le hacía volver a su realidad.
Ambulaba por la casa en la que se había quedado solo, muertos sus padres, sin los hermanos que nunca tuvo, preso dentro de un útero de paredes, que no tenía la solvencia de la matriz original.
Se fue a su dormitorio, ahí sacó de su baúl de juguetes un camioncito que le había regalado su padrino hacía ya algunas navidades cuando todos estaban vivos, y él creía que su lugar en el mundo era inviolable…
Pero la muerte no sabe de certezas de niños, ni de nada…viene y arrasa, descuelga los sacos, abre las ventanas, lleva los muebles, hace boquetes en las paredes del alma, y desaparece…la muerte puta, que Laureano no le había dado tiempo de entender porque había llegado a robarle todo lo que le era suyo por derecho…ni él ni nadie comprendía eso, ya que la maldita no está para ser entendida…la vida no está para ser entendida…es cuestión de dejarse ir por la energía cinética del disparo que hiciera un loco que no sabía…y esperar a que  se acabase, y cayera en la fosa un cuerpo más.
Ninguna de estas reflexiones habían pasado por la cabeza de Laureano, él se había quedado en la sensación de que la muerte era un gran ladrón hija de puta.
Varias denuncias llevaba su situación de niño solo, y las asistentes sociales, ya eran visitas esperables en su casa. Eran días en que él pagaba a la almacenera Justina para que se hiciera pasar por su abuela, y ella les decía que los vecinos no la oían porque ella apenas si hacía ruido, las señoras se iban no muy convencidas, pero por algún tiempo lo dejaban en paz vivir con sus recuerdos, guardar la esfera que retenía las voces, las risas, todo lo que allí había habido y él no estaba dispuesto a que también le fuera arrebatado.
En el segundo cajón de la cómoda debajo de la ropa, había encontrado, luego de la tragedia, suficiente dinero, para vivir sin preocupaciones económicas. Compraba comida hecha en la rotisería de su abuela de alquiler, iba a la escuela rigurosamente, más por correr a las asistentes sociales, que por vocación estudiantil, estudiaba por la misma razón, y luego se iba al patio como siempre lo había hecho, a buscar insectos.
No era feliz, tampoco infeliz, sólo era…llevaba la vida como podía, y vivía de recuerdos.Quizá era muy temprano para que un ser humano de su edad viviera de ellos, pero así lo había dispuesto la vida…o quién fuera…y convengamos que en este trapecio, donde se trastabille cada uno se toma de la cuerda más cercana, para no caer…
Los días fueron pasando, los recuerdos cada vez le eran más lejanos, el olor de su madre y padre, se fue disolviendo del aire de la casa…llegó un día en que no pudo recordar cómo era la voz de su madre…ese día fue él que decidió llamar una asistente social, contarles que su abuela había muerto, y que dispusieran de él según les pareciera conveniente.
Le llevaron a un hogar de huérfanos, el que miró sin simpatía pero con resignación, y de ahí en más su vida se volvió tan incolora, que los días se le pasaban mirando al techo.
El primer día que apareció, le causó algo de temor, luego ya no…jugaban a las cartas, salían al patio, comía con él en la mesa, y mantenían largas e interesantes charlas, una vez todos se habían ido a dormir.
Todos se habían habituado a que anduviera por el hogar actuando como que alguien estuviera a su lado, y fue apodado “el loco”…pero él desde que ella había aparecido ni se percataba del mundo exterior, se había refugiado en su mundo y en él era perfectamente feliz.
Cuando vinieron los médicos a hacerle una evaluación, decidieron llevarlo a otro sitio, pero a él no le importó…él había hallado su paz, y no había nadie que pudiera quitarle de un lugar que no necesitaba espacio.
Los días transcurrieron, los años…Y Laureano se volvió adulto en aquél lugar, hasta que un día, probablemente sin que él lo percibiera, le dijeron que tenían una sorpresa para él, habían,(luego de mucho buscar por denuncias anónimas que les habían llegado), encontrado a sus padres, los cuales se veían bastante arrepentidos de haberse dado por muertos en un fraguado accidente para cobrar el seguro, y abandonando a su suerte a un niño de tan sólo ocho años.


Silvia martínez coronel
Derechos registrados.
 

sábado, 21 de enero de 2012

LAS NOVIAS DE MI MAMÁ


Candela se había criado en el seno de una familia “común”:padre, madre, hijo, perro, o sea una familia tipo.
Jugaba como cualquier niña con sus muñecas, les hacía cumpleaños, las bañaba, les cosía ropitas con pequeños retazos de tela…en fin, una mamá ejemplar, de sus especímenes plásticos de mirada hueca.
Vestía de rosa, como corresponde, lloraba ante el más leve roce de su piel, que superara en medio grado a la caricia(para la que siempre estaba dispuesta), se contorsionaba de forma felina ante el más mínimo halago…o sea un hermoso jarrón vivo, dispuesta a que le llenaran de agua y flores marchitas la cabeza, una vez creciera.
Su papá, Juan, estaba muy orgulloso de su pergenio, que además traía excelentes calificaciones del colegio.
Su mamá, Adela, la miraba con algo de extrañeza, pero no decía nada, se limitaba a dejarle al alcance algún libro, que le mostrara a la niña que había otras formas de estar en el mundo. Candela, jamás los tomaba, y su madre veía a los días, con cierta resignación, como el libro permanecía intocado en la misma postura en que ella lo había dejado.
Candela no estaba preparada para más sorpresas, que el hecho de que su tío Eugenio llegara con una muñeca nueva. Pero la vida, o su mamá, decidió que ella dejara su pueril ingenuidad, y su pobre e insulsa vida, mostrándole una cara no prevista de las cosas.
Ella estaba acostumbrada a que su madre tuviera muchas amigas, todas sorprendentemente bellas, y que se fueran de su casa con una sonrisa que la dejaba perturbada.
Un día, cuando Candela, tenía unos 10 años, y su madre comenzó a notar los rasgos incipientes de la mujer en la que se convertiría, decidió hablarle de sexualidad.
La chiquilla había oído por ahí algunas frases referentes al tema, pero no se había quedado para escuchar, porque consideró que una dama, no debía andar curioseando en ciertas cosas, que intuía que eran de algún modo peligrosas, para su desarrollo de fémina “for export”.
Cuando su madre le dijo de qué trataría la charla que tendrían, se puso muy nerviosa, y le preguntó si eso era necesario, es más si era de algún modo bueno.
Su madre, no sin espanto,le dijo, que sí, que era imprescindible, y que la tendrían esa misma tarde.
La niña llegó a la charla a la hora prevista, pero temblando de pies a cabeza.
Su madre al percibir su turbación, le explicó que el miedo ante lo desconocido era normal, pero una vez supiera lo que tenía que saber, el mismo se retiraría.
Una vez la madre comenzó a hablar, también le iba haciendo preguntas, las que Candela o no contestaba, o lo hacía muy escuetamente.
Hubo un momento de la charla en que todo su mundo, viró de pronto hacia una zona oscura, impredecible, aterradora.
Su madre le contó, que habían hombres  y mujeres que se sentían atraidos por el otro sexo, estaban también los que les ataría el propio sexo, y un tercer grupo que les atraía ambos sexos.
Candela, alegando un fuerte dolor de estómago, se paró de golpe y dijo que debía ir a su habitación. Ya dentro, lloró sin consuelo, tomó sus muñecas Barbies y sus Kent y los tiró, previa envoltura en bolsa plástica, a la basura. Le molestó incluso tocarlos antes de hacerlo, como que los muñecos hubieran dejado de pronto de ser seres confiables y predecibles, para volverse horrendos monstruos.
Por varios días no se atrevió a mirar a los ojos a su madre, ni mirarse ella al espejo.
Salía a la calle vestida de una forma tan aparatosa que causaba gracia a quién la mirara, moña, sobre moña, cinta sobre cinta, como queriendo de forma desesperada reafirmar su “femineidad”…
Lo cierto es que en el colegio se volvió bastante huraña, y sumado a su aspecto, las amigas se le fueron retirando.
Un buen día, o mal día…se encontró sola a la hora del recreo.Su sueño se había vuelto muy intranquilo, así que en cualquier momento inesperado se quedaba dormida, y éste fue uno de ellos. Soñó que era Invierno, y los pájaros regresaban a la ciudad, se despertó sudando, con la campana, y repitiendo:”no puede ser, no puede ser”
Ese día, al volver a su casa encontró un pájaro herido en la esquina de su casa…lo levantó con suavidad, y lo llevó a su habitación, sin decir nada a nadie. Desinfectó sus heridas, le dio de comer, le puso un tarrito con agua dentro de la caja que había escogido como jaula, y se fue a dormir.
Esa noche, fue la primera en mucho tiempo en que durmió serenamente y sin malos sueños.
Los siguientes días encontraron a Candela con un aire diferente, había vuelto un destello de luz a sus ojos, no como el que tenía antes, sino uno más profundo, más parecido al mar en un atardecer calmo.
Se volvió una niña de poco hablar, y dejó los emperifolios. Comenzó a salir a la calle vestida de forma normal, no siempre de rosa, como lo hacía antes, sino que variaba los colores.
Las ex_ amigas al ver el cambio intentaron volver a acercársele, pero Candela, si bien no las rechazó, sólo les sonrió sin darles mayor importancia.
Ese cierto dejo de misterio que ahora poseía  hizo que no fueran pocos los varones que intentaran cortejarla, pero también a ellos les respondió con una sonrisa distante.
Todos los  días al regresar del colegio, iba a atender a su pajarito, y se alegraba al ver como iba mejorando.
Cuando Ave, como le había puesto, estuvo listo para volver a su medio natural, Candela lo tomó entre sus manos, lo apretó un instante sobre su pecho, y lo lanzó al aire de su balcón con los ojos cerrados.
Desde ese día, todos los atardeceres Ave volvía a la ventana de Candela y ella le acariciaba su bello plumaje.
Inesperadamente suspendió sus apariciones. Candela no se preocupó, ella sabía que lo había liberado para que fuera libre…por ende siguió su vida, como si nada.
En el colegio el clima se había vuelto muy denso desde que se habían enterado que uno de los profesores se había enamorado de otro. Nadie hablaba de otra cosa, y hasta hubo una reunión de padres para intentar que los despidieran. Candela siempre había sentido un gran cariño por el profe de música, siempre les hablaba con amabilidad, sus clases eran entretenidas, y emanaba una serenidad, que daba gusto estar a su lado. Al otro profe no lo conocía, pero le pareció un absurdo que los quisieran despedir por ser “distintos”, según decían en los corredores. Ella se acordó del impacto que recibió cuando se enteró que había gente que era así, pero no fue poco su asombro cuando descubrió que había adultos que no lo hubieran superado…-¿o es que a esta gente nadie les había explicado nada?, se preguntó, -¡qué increíble!, se dijo, me parece que a estos “adultos” les haría muy bien charlar un rato con mi madre, y sonrió para sus adentros.
Ella aún se sentía perturbada, por la incursión de bellas chicas a su casa, pero no se había atrevido a decirle a su madre que lo sabía…-después de todo por algo no se lo diría…y luego de ver lo que había provocado en los adultos el tema del profe, supuso que su madre no le decía nada, previendo en ella una reacción desagradable.
No eran pocas las noches es que se acostaba pensando en que su madre podía haber sido herida por aquel tema, y no haber encontrado a nadie que curara sus heridas, y luego la liberara, como ella había hecho con su pajarito.
Poco tiempo después, una mañana muy temprano,la despertó el piar en la ventana. La abrió rápidamente y vio a Ave con unos cuantos pequeños pajaritos que la rodeaban…-con que eras hembra, le dijo con una sonrisa. Ave la miró como agradeciéndole y se echó a volar con sus pequeños críos.
Candela cerró la ventana, se vistió y bajó la escalera. Encontró a su madre sentada, leyendo un libro. De repente la encaró y le dijo:-¿quién fue que te lastimó por tener novias, necesito saberlo..-qué?, respondió Adela…-que alguien tiene que haberte herido, y no me gusta, pero quisiera entender…-su madre sonrió, y le dijo:-no, Candela, esas chicas las entreno para ser modelos publicitarias, no son mis novias, y nadie me hizo nada, pero te agradezco tu preocupación.
Después de todo, dijo como para sí, en voz muy baja, ya no creo que te conviertas en una mujer jarrón.
Varias chicas que llegan a casa, bien podrían ser de las que lastiman a otros, por su ignorancia. Yo les acerco libros, a ver si logro que vean que hay más en esta vida, pero casi nunca los toman…ahh, respondió, Candela, entonces, por qué me hablaste de homosexualidad y bisexualidad?, así de repente,preguntó…-porque correspondía, porque el mundo es rico y variado y tenía que explicarte las cosas como son, antes de que te convirtieras en un adulto que castiga lo que no conoce…Candela sonrió a su madre, pensó en el profe…, y subió a su habitación lentamente, pero antes de entrar, tomó el libro que su madre siempre le dejaba en el mismo sitio, y vio su nombre: “Mujercitas”, y entró a su cuarto con el libro apretado a su pecho.
Luego,se quedó largo tiempo pensativa, puso el libro sobre su mesita y se dijo lo leería antes de dormir. Miró un retrato de su mamá que había sobre la pared y  dijo en voz alta:- tengo la mejor mamá del mundo.


silvia martínez coronel
D.R.

LAS TRES MARÍAS



A
maba los cuchillos, desde pequeño, desde antes que le permitieran usarlos ya el brillo de la hoja metálica lo dejaba fascinado. Desde la primera vez, a los seis años, que le había sido permitido tener uno entre sus manos, sentía como las pulsaciones se le aceleraban cada vez que tenía contacto con uno. Nunca entendió el porqué de aquel suceso, ni tampoco intentó explicárselo, simplemente se limitaba a disfrutar del prodigio.
Cada vez que algo lo desestabilizaba, corría a la cocina a tomar alguno de sus aliados, y mientra iba recorriendo, su hoja, su filo, iba sintiendo como su alma volvía a su sitio. Llegó a tener varios por diversos lugares de su habitación, incluso uno en la mochila del colegio. Se convirtieron pronto en sus amigos preferidos, le causaban placer, calma, excitación, adoración. Aprendió a hacer malabares con ellos, claro jamás pensó terminar en un circo, simplemente era una forma de familiarizarse con ellos, de estrechar la amistad con el juego, de sentir que ambos compartían el más preciado de los secretos.
Aparte de los cuchillos era un muchacho que miraba a todo el mundo con desconfianza, más si eran sus pares, se aislaba, no tenía amigos. Era buen estudiante, brillante para los números, pero muy tímido para la oralidad, tanto así que si sus docentes lo increpaban para que hablase, tartamudeaba.
Los demás tampoco se acercaban , le temían, lo consideraban un “bicho raro”…alguno alguna vez quiso arrimársele por conveniencia, ya que era una calculadora humana, pero le fue lanzada una mirada tan filosa, que de inmediato se apartó, intentando que la tierra lo tragase.
Pasaba horas en su cuarto con sus cuchillos, los padres habían decidido no mirarle, actuar como si nada ocurriera, ya no lo llamaban para comer, porque sabían que no vendría, se limitaban a mandar a la criada a que le llevase la comida, la que bajaba casi intacta cuando el chico estaba en el colegio.
Cuando llegó la hora en que todos sus compañeros empezaron a sentirse atontados ante la presencia del otro sexo, él también comenzó a sentirse atraído por las muchachas, no se acercaba a ellas, pero le excitaba mirarlas, contemplar sus curvas, sus senos turgentes, los labios pulposos e humedecidos. Empezó a masturbarse de forma frenética, su creatividad era mucha, por ende las escenas que imaginaba mientras lo hacía, eran de una singular riqueza.
Se había transformado en un adolescente de sorprendente belleza, quitando su punzante mirada, cualquiera hubiera dicho que sólo le faltaban la alas para ser un ángel.
María no dejaba de mirarle, obviamente atrapada por el halo de misterio que le envolvía, más aquella peculiar y fascinante hermosura. Un día se atrevió a acercársele, se sentó junto a él, a cierta distancia en la mesa del colegio donde siempre él comía solo.
Él la miró, pero no con la mirada cortante de costumbre, sino con algo muy parecido a la ternura, lo que le provocó un escalofrío, ya que era un sentimiento totalmente nuevo. La chica ante la respuesta se acercó más. Desde aquel momento se volvieron una pareja intensa, la única persona con la que Alberto hablaba, además de hacerle el amor, todo el tiempo y a todas horas. Comenzó a vigilarla, a leer sus cosas cuando ella iba al baño, o estaba en clase, a decirle cómo vestir, a darle órdenes, a todo la chica respondía con absoluta obediencia, cegada por el amor, y sintiéndose protegida y amada.
Su obsesión por ella crecía, cuando los celos llegaban a ser realmente insoportables intentaba alejar los malos pensamientos haciendo cálculos, ,resolver operaciones mentalmente, una tras otra, una más compleja que la otra.
Un día cuando María estaba contándole emocionada sus últimos descubrimientos en el análisis de un texto, se sintió poseído por una fuerza jamás sentida, y antes de que ninguno de los dos pudiera reaccionar, Alberto se encontró a sí mismo temblando, contemplando el mágico resplandor del cuchillo, que fulguraba en su mano, esta vez aún más hermoso de lo que lo había logrado ver jamás, porque en esta ocasión, el brillo de la sangre le otorgaba una singular belleza.


silvia martínez coronel
D.R.
 

ROSA


La dependienta de la Farmacia, seguía bajando perfumes y poniéndolos en el mostrador, ya con mala cara, pues la cliente los olía y los devolvía de forma inmediata y seguía pidiendo más, Otros se los ponía sobre la piel en generosas cantidades, esperaba sentir el aroma, pero al no conformarse, los desechaba...
La empleada más por hartura que por hacerle honor a la verdad, le dijo que allí estaban todos, que no había más.
La cliente levantó un solo ojo, y le dijo:-pago lo que sea, por un aroma muy concentrado y de muy larga duración.
La vendedora, no dijo nada, se limitó a ir a la trastienda y traer un frasco pequeñito, y le dijo:-este es el más caro que tenemos, no lo ponemos en anaquel porque nadie se lo lleva, es sumamente concentrado, e incluso, luego del baño, el aroma persiste.
A la muchacha se le iluminó la mirada, y dijo sin preguntar el precio:-lo llevo.
Pagó sin chistar el cuantioso precio, y salió de la tienda, con una amplia sonrisa de oreja a oreja. 
Ya en la calle, abrió apresuradamente la caja,sacó el frasco y se lo echó encima, dejando apenas unas gotas en el fondo. Se paró un instante para valorar el efecto. Vio como varios traseúntes pasaban y modificaban la cara al acercársele. Al contemplar la actitud de ellos, sintió como se le aceleraba su corazón:-me han robado, se dijo, esta porquería no tapa mi mal olor.
Inmediatamente paró un taxi, y ya dentro de él comenzó a llorar desesperadamente. El taxista mareado por el penetrante olor a cosmético, le preguntó si le pasaba algo, la mujer lo miró con una mirada que revelaba su profunda angustia, y le dijo:-ud. también siente mi mal olor, no?...el hombre se echó a reir. La mujer se sintió peor, creyendo que había espantado al hombre con su fétido aroma, y salió presurosa del auto, y se echó a correr.
Le había sido diagnosticada esquizofrenia hacía unos dos años. Aún vivía con su madre, quién toleraba el calvario y la impotencia. Había pegado en la nevera una hoja con la medicación y los horarios, pero la muchacha se negaba a tomarlos, entonces su madre se los mezclaba con la comida y así lograba que los ingiriera...Su estado emocional, se fragilizaba día a día al ver el sufrimiento de su hija y sentir que no podía hacer nada. 
En eso, la chica entró a la casa hecha un mar de lágrimas, y se acurrucó en el sillón escondiendo su rostro...Su madre ya sabía lo que venía, y simplemente exhaló un suspiro. La muchacha comenzó con su letanía:-todo el mundo lo siente, no hay forma de que me quite este olor, yo no sé por qué no me mataste cuando era una niña, para darme una vida tan desgraciada!, me quiero morir, me quiero morir, me quiero morir...la madre siguió lavando los platos de espaldas a su hija, mientra gruesas lágrimas caían por sus mejillas, pensó que por lo menos, era una suerte que su niña pequeña no estuviera en casa.- Claro, a vos no te importa, total, la que tiene que vivir este espanto soy yo; me voy a bañar, dijo, y se levantó súbitamente, y en pocos segundos se sintió el sonido de la regadera. Hora y media después, Ámbar salió del baño, un aroma embriagador a primavera envolvía el aire. La muchacha se dirigió sin decir una palabra, hacia su habitación y la cerró con llave. Ya adentro, el dolor en su estómago pareció agudizarse y comenzó a sentir náuseas. Levantó su cabeza y se puso a mirar el techo, encendió música y la apagó en seguida. Como poseída abrió su ropero y empezó a dar con rabia, contra el piso centenares de frascos de finos perfumes, muchos sin uso. La madre sintió el estruendo de los vidrios dados con furia contra el suelo, y se limitó a salir de la casa, y sentarse en un banco de la plaza que quedaba enfrente.
La habitación de Ámbar se había convertido, de repente, en una mezcla indefinida de un fortísimo aroma que haría lagrimear los ojos a cualquiera. 
La chica se dirigió hacia otro ropero, lo abrió, el mismo estaba lleno de ropa negra de muy buena calidad. Ámbar empezó a tomar una a una sus prendas y comenzó a rasgarlas, el trabajo le llevó horas, luego puso los harapos dentro de una bolsa de basura y se dirigió al contenedor de enfrente y tiró todo dentro.
Su madre que aún seguía en la plaza, corrió presurosa a levantar la tapa y tomar la bolsa, la abrió , miró dentro, levantó con una mano los que habían sido hace tres horas hermosos y caros trajes, y contempló sin asombro, pero con miedo los despojos. Volvió a cerrar la bolsa y la puso cuidadosamente dentro del contenedor. Luego cruzó hacia la otra acera, e intentando reprimir el mar de lágrimas que la invadian se alejó unas veinte cuadras de la casa. De repente se detuvo, sacó de dentro de su bolso un pequeño frasco de perfume francés, lo abrió con prisa, y se lo echó encima. 


silvia martínez coronel
D.R.

ÉRASE UNA VEZ TRES TORTUGAS

A mamá tortuga le nacieron algunas tortuguitas, y como se debe, a cada una le puso un nombre. A una la llamó Luz, a otra la llamó Piedra, y a la tercera, a la que estuvo mirando largo rato...(no le simpatizaba nada la bella y tierna tortuguita, porque se le cantó no más, cosas del reino animal)...y luego de su observación, se le ocurrió llamarla Hormiga.
La tortuga Luz, andaba por la vida muy oronda, con la cabeza erguida, convencida de que las demás tortugas la veían brillar cuando pasaba;por algo mi mamá me puso Luz, se decía, seguro debo resplandecer por los cuatro costados, y sin duda mi caparazón es de oro. La tortuga que le había tocado en gracia el nombre Piedra, andaba pensativa, cabizbaja, tratando de entender porqué se le había puesto ese nombre, hasta que se convenció de que era un estorbo, que sólo debía de servir para hacer tropezar a otros, y por ende intentó ocultarse, casi fundirse con los árboles para no lastimar a nadie. La tercera tortuguita, que era muy perceptiva, sintió desde el primer momento el rechazo de su madre, y por ende, ya antes de que le fuera puesto un nombre, se convenció de que habría hecho algo muy malo y por eso era mejor hacer todo lo posible para no hacer ruido, no fuera que la descubrieran y se la llevaran para el merecido castigo.
Las tortugas fueron creciendo, mamá Tortugón se pasaba casi el día entero lustrando la caparazón de su hija Luz, lo que convencía cada vez más a la elegida que estaba hecha de oro. Piedra, casi no se movía, prácticamente no había desarrollado sus músculos, producto de la falta de ejercicio, es que se había criado sola, aterrorizada de que su desplazamiento pudiera dañar a alguien, era un ser de gran corazón, el que Tortugón jamás percibió, y la hija creció con el mismo, estrujado y acongojado, sin tener la más mínima idea del prodigio que llevaba dentro. Hormiga, se había ido a vivir a un hormiguero, pues creyó, dado su nombre, que ese era su lugar, y por ende vivía como una hormiga, sólo que era muy distinta al resto y las verdaderas hormigas no le hacían ni caso, y pasaba acurrucada a un lado del hormiguero temiendo que un día la expulsaran de lo que creía su casa.
A todo esto, Tortugón permanecía totalmente ajena, sólo lustraba el caparazón de su Abel, sin percibir nada de lo que les ocurría a sus otras dos hijas, con decir que ni siquiera se había dado cuenta de que Hormiga se había criado en un hormiguero!. Tenía una vaga idea de que había tenido otras hijas aparte de Luz, pero la verdad, eso poco le inquietaba.
Un día Hormiga se miró en un poco de agua que habían dejado en el hormiguero sus habitantes, y descubrió que a pesar de su nombre, no se parecía en nada, a las otras hormigas, y en ese momento se levantó, y decidió por ella misma irse de una casa que no le correspondía. En su camino se encontró temblando contra un árbol a su hermana Piedra, y le preguntó por qué no andaba, y la otra le contó que temía hacer daño a alguien...Hormiga, que era muy inteligente, le hizo ver que ella era exactamente igual físicamente a ella, y como con ella no tropezaba nadie, no veía por qué iba a ocurrir algo distinto con Piedra. En ese momento a su hermana le fueron abiertos los ojos, se despegó del árbol, movió sus entumecidas patas, y por primera vez en su vida, probó caminar. Al rato de no haber hecho tropezar a nadie, percibió que a pesar de su nombre no era una piedra, y motivada por un sentimiento desconocido que la poseyó, se unió a su hermana, y se fueron juntas a buscar caminos. De repente, se toparon con mamá Tortugón, que como siempre estaba lustrando la caparazón de Luz, y al verlas pasar, no reconoció a sus hijas, ni las mismas a su madre, ni a su hermana. La tortugas Hormiga y Piedra se miraron, y se echaron a reír al ver tan extraño cuadro, luego miraron hacia otro lado, y siguieron buscando sus propios caminos.


silvia martínez coronel
Derechos Registrados

LA SOMBRA



Tenía miedo de dormirse, sabía que el mismo sueño volvería a hacer casa en su cabeza, la sombra, el golpe, el dolor en las costillas, punzante y luego el arrastrase por el suelo intentando escapar.
Ponía música, encendía el televisor, se ponía a cantar, tomaba mucho café...pero luego de denodados intentos por correr el sueño, se quedaba dormido. Y las imágenes reaparecían, a veces con una variante, la sombra en vez de negra era blanca, lo que le causaba más temor , pero en el resto, se repetía idéntico. Se despertaba sudando, temblando, la más de las veces acurrucado en posición fetal.
Miró al enemigo, marcaba las 7 y cuarto, percibió los síntomas de disnea…tenía media hora, para pasar por el baño, vestirse y salir. Hubiera dado la mitad de su vida porque fuera domingo, pero no lo era.
En pocos minutos se encontraba en la calle, en el ómnibus un señor de unos 40 años, parecía leer el periódico, pero él veía como de cuando en cuando le dirigía una mirada reprobatoria, empezó a sentir náuseas, se bajó del bus tres paradas antes para evitar la mirada inquisidora del hombre, y se fue caminando al trabajo.
Al llegar vio al jefe sentado en su oficina, lo que lo paralizó, -qué habré hecho de malo, pensó, súbitas puntadas surgieron de su sien derecha…buscó en su maletín hasta encontrar las pastillas que combatían sus migrañas, y se tomó dos.
El jefe lo vio, y lo llamó, ya uno en frente del otro, le dijo que se tomaría unas vacaciones de una semana y que lo dejaba a él a cargo de la oficina…en ese momento deseó que la llamada hubiera sido porque algo lo hubiera hecho mal…pensar en quedarse a cargo de todo lo aterraba.-Puedo confiar en ud, Ramírez, verdad?-sí claro, respondió, sintiendo como las pulsaciones se hacían cada vez más intolerables.
Miró a los empleados, sintió que después de ésta todos lo odiarían. Sabía que nunca le había caído bien a ninguno, que cuando él pasaba todos cuchicheaban hablando mal de él, y que eso era lógico, porque después de todo, todo lo hacía mal.
Se sentó en su escritorio, y se puso a hacer las tareas del día, en general no hablaba con nadie, consideraba que nadie querría hablar con él, y seguro estaban deseando que se fuera, y no volviera.
El horario de trabajo era un tortura que a penas toleraba a base de relajantes musculares y anti-migranias.
Pensó en que le quedaban tres días antes de hacerse cargo de la oficina, y tembló. Si bien por un lado le provocaba un extraño placer haber sido elegido, por otro, estaba seguro que era una prueba impuesta por su jefe para comprobar su mal rendimiento, y luego de la misma, seguro lo despediría.
Volvió a la calle a las 6 y 30 de la tarde. En el ómnibus encontró sentado al hombre del periódico de la mañana, lo que le disgustó. Intentó evadirse en algún recuerdo de la infancia. Él debía tener unos 7 años cuando lo despertaron los ruidos, su padre golpeaba a su madre, y ésta gritaba.Él se interpuso, y el padre de un bofetón lo tiró lejos, y dijo:-sólo esto me faltaba, que este inútil viniera de defensor. La palabras de su padre lo irritaron, se levantó producto de una fuerza desconocida, y se lanzó hacia sus manos y mordió sus muñecas la sangre comenzó a manar, su padre trastabilló y quedó sentado en el suelo,su madre se levantó, y le dijo:-qué has hecho animal?, mira en el estado que has dejado a tu padre, él temblaba, y fuertes puntadas comenzaron a tomar su cabeza, se paralizó.
Cuando llegó la ambulancia, sintió todo aquel ruido de la gente a su alrededor, vio la sangre en sus manos y en las de su víctima, chorreando hacia el suelo. Sintió como algunos pasajeros lo sujetaban. Vio al medico revisar rápidamente al hombre del periódico, y escucho de aquella boca, otra vez las terribles palabras:- lo sentimos, pero la hemorragia no fue detenida a tiempo.

Silvia Martínez Coronel

D.R.

RUTINA IMPREDECIBLE

Se había levantado con una alegría, que parecía haber sido tocada por el ángel de la felicidad mientras dormía, puso música y una voz grave y melodiosa salió despedida desde sus adentros. Cerró los ojos y percibió como todos los sentidos estaban despiertos, era un placer estar dentro de sí misma.
Pocos minutos luego, empezó a darse cuenta que el crescendo de aquella alegría le era molesto, le latía la cabeza, sentía náuseas, y reconoció el camino ascendente hacia la euforia. Buscó los ansiolíticos, sabía que debía detener ese estado, si no quería caer en depresión. Reguló la dosis de la medicación, rogando acertarle.
Al rato los síntomas eufóricos se habían ido, y habían sido suplantados por una molesta sensación anodina, que igual la alivió, no era depresión, y el estado hiper-energético había sido superado. Pensó que algún miligramo menos de clonazapam,la hubiera dejado en un estado normal...pero bueno, hubiera sido sacarse la lotería, acertar justo con la cantidad de químico que el organismo demandaba para recompensarse.
Intentó consolarse , o mejor dicho conciliarse con su nuevo estado, y pensó que a la tarde, cuando tomara la dosis normal, lograría volver al equilibrio del día anterior.
Ingresó al baño a darse una ducha, se miró en el espejo, se sintió aún joven y bonita, y deslizó una sonrisa irónica, con un dejo de amargura:-como que me sirviera para algo, se dijo, en fin, asumió que le quedaba un buen rato de pensamientos negativos, y abrió el grifo de la ducha. Bajo el agua, gruesas lágrimas se deslizaron por sus mejillas, dejó que lloviera sobre su cuerpo, sabiendo que era una buena forma de acelerar el proceso hacia el equilibrio. Luego del desahogo de sal y de jabón se secó con lentitud, intentando llegar a cada milímetro de su cuerpo, con la mente, extrañamente en blanco.
Volvió a su cuarto, pensó que quizá no fuera mala idea echarse a dormir hasta que la alarma le avisara que tocaba la segunda dosis, y así acortar los tiempos de espera. El sonido del timbre, la obligó a cambiar de planes, pensó que lo mejor era atender, ya que podía ser Manuela, la señora que le traía la comida. Poco después se arrepintió de haber atendido, porque era una amiga que se le había ocurrido caer sin avisar, y ella no tenía ningunas ganas de aparentar normalidad, y sucumbirse en una charla insulsa, que de sólo pensar la dejaba agotada. Pero bueno, ya había atendido, así que no quedó otra que hacerla pasar. La mujer, para peor, traía a su hijo pequeño...-qué lata me espera, se dijo Verónica.
Luego de tres horas aguantando los chirridos del niño mezclados con la conversación sobre nada, estaba al borde de la angustia, pero por suerte, Adela se levantó, tomó a su niño, y dijo que era una lástima, porque la conversación estaba tan interesante, pero se tenía que marchar. Verónica le agradeció al cielo la súbita decisión, le dijo que lo sentía y la acompañó a la puerta como pudo, porque un intenso hormigueo se había apoderado de sus piernas. Al volver a entrar a su casa le puso la tranca a la puerta, apagó el timbre y descolgó el teléfono, fue a su cuarto, se quitó los zapatos y se acostó, no pasaron diez minutos cuando se quedó dormida, valles plenos de nieve poblaron sus sueños, donde ella hablaba con un niño que parecía perdido e intentaba ayudarle, para que reencontrara el camino a casa.
Abrió los ojos eran las tres de la tarde, inspeccionó con detenimiento su estado de ánimo, consideró que había mejorado algo. Se tomó la segunda dosis, esta vez en las proporciones usuales, y se dirigió a la cocina para hacerse algo de comer. Por la ventana vio a su vecina, tenía una cara serena, y canturreaba una vieja canción, que la retrotraía a su infancia, lo que le provocó un hueco en el estómago. Llenó una botella con agua y se tomó más de la mitad a grandes sorbos. 
Decidió que ya que no había escuchado a Manuela, y que no podía cocinar, lo mejor era bajar a la rotisería de al lado a comprarse algo hecho. 
Se compró un sandwich y bananas, y regresó a su torre de marfil.
Sintió a los niños de la vecina jugar y pelearse todo el tiempo y pensó que si ella estuviera en esa situación , no lo soportaría, pero Ana cantaba, no parecía importarle, ahora entonaba algo más moderno, que no le era tan molesto; se sentó en su butaca, desenvolvió el paquete de la comida y comió sola.
No era que la soledad le molestara, todo lo contrario, la ponía a salvo de los buitres. Lo que realmente le incomodaba era que la soledad no la incomodara, porque consideraba que los seres normales querían estar acompañados.
De pronto, vio a través de su ventana como el cielo adoptaba un color anaranjado rosa,-bello crepúsculo, se dijo, pero se apresuró a cerrar la ventana, antes que el alma se le fugara al horizonte y la dejara totalmente vacía. Clausuró todas las aberturas de su refugio, prendió la luz, y fue a hacerse un café. Luego de tomarlo miró con detenimiento la huella que había dejado en la taza, su tía le había enseñado de pequeña, a escondidas de su mamá, a leer la suerte en la marca que deja el café en la taza. Se sonrió al leer el mensaje, apartó la taza, se dijo:-parece mentira que alguien crea en estas cosas...la mente se le perdió en pensamientos, bastante más positivos esta vez, siguió autopotenciándose, empezó a sentirse cada vez mejor, miró la hora, entró a su dormitorio, se apresuró a cambiarse de ropa, y en menos de 15 minutos ya estaba con calzas negras y peluca rubia, apostada en su esquina esperando que algún cliente la levantara.

silvia martínez coronel
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AMELIA


Había comido y estaba preocupada. Buscaba desesperadamente información sobre las calorías que podían haberse sumado a su populoso cuerpo. 
En seguida programó el despertador para que sonara cada hora y entonces, se dijo, tomaría agua con un chorro de limón para disolver las grasas.
No salía de su casa hacía ya un tiempo, no quería ver a nadie, o mejor que nadie la viera, tenía terror a las risas de los demás, sabía que su figura no estaba presentable, a no ser en algún circo de feria...Se había hecho traer varios libros, que devoraba con ansiedad. Éstos alimentaban su deseos de adelgazar prometiendo dietas mágicas, como dejar de sentir hambre...Había probado hasta comer tiza, porque en uno de ellos encontró, que la misma bloqueaba el apetito. 
Sentía miedo del espejo, tenía varios en su cuarto, pero los había tapado todos, aunque varias veces al día se acercaba a alguno y se espiaba a hurtadillas, para volver inmediatamente a su cama vencida, derrotada, con deseos de dormir y ya no despertar.
El cuarto, casi completamente a oscuras, dejaba entrever la figuras agrandadas de los muebles en la pared, cerró los ojos, intentó pensar en un mar tranquilo, pero su cerebro la traicionaba, y apenas el mar aparecía en su mente, veía como se levantaban las olas y comían la arena, arrasando con los bañistas, no había forma de que lograra imaginar algo que le trajera un poco de calma. Gruesas gotas se deslizaron por sus ojos; llevó su mano, sin levantarse, hacia el segundo cajón de su mesa de luz, y de ahí extrajo fotografías de su juventud, donde se veía caminando por las pasarelas, con 46 kilos,tan lejos de los más de 100 que pensaba tendría ahora, no lo sabía con certeza, porque ya hacía rato que no se atrevía a pesarse.Las guardó inmediatamente. Se acurrucó en posición fetal, y se durmió.
La despertó un fuerte dolor de cabeza, que se continuaba por su espalda, y se volvía agudo en la boca del estómago, tomó aire, intentó exhalarlo lentamente, mientras buscaba por las gavetas de su cómoda, los antidepresivos. Dio vuelta la cabeza, como que hubiera sentido la penetrante mirada de alguien, pero sólo vio su sombra enorme en la pared, fue hasta la ventana, y corrió del todo las cortinas, así se vería obligada a no verse, ni siquiera en el espejo del sol.
Encontró sus remedios, tomó dos pastillas, y rogó que le hicieran efecto pronto, porque la angustia se la estaba comiendo viva.
Para la tarde, se le había sumado una importante taquicardia,le dolía el pecho y le ardía la boca, pasó la lengua y descubrió que le habían salido varias ampollas. Algo que me habrá caido mal, pensó, yo también, gorda inmunda, no hay manera de que deje de comer.Seguro tenía un ataque al hígado, pensó. 
Ya eran más de las dos de la mañana, y sintió que el dolor era tan agudo que le costaba respirar, quiso pedir ayuda, pero su cuerpo no le respondía, y no podía alcanzar el maldito teléfono. Se quedó en su cama boca arriba, mirando un punto fijo en el techo, hasta que del mismo comenzaron a salir aquellas figuras deformes, que le sonreían irónicamente.Se sintió desfallecer. Algo andaba mal, sentía la boca seca, y había tomado mucha agua...los latidos en la cabeza recrudecían.
Intentó gritar, pero le salió un sonido apenas audible, y nada.
Cuando la encontraron, hacía por lo menos una semana que había fallecido. El médico forence dignosticó, avitaminosis, y desproteinización, con consiguiente infección masiva.
La velaron unos pocos parientes, a cajón cerrado, un poco por el olor, otro poco para no ver al esqueleto perdido de 36 kilos que reposaba en el centro del terciopelo rojo.

silvia martínez coronel
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A LA DERIVA DEL BOTE DEL MUNDO.



Estaba cayendo la tarde, los niños volvían a su casa de mala gana, tras el llamado de sus madres, pelota bajo el brazo, caras tiznadas de polvo y juego.
Martín miraba la escena de los pequeños refunfuñantes, a través de su ventana. Estaba solo, como casi siempre, su madre lo dejaba en ese lugar, cara al vidrio, para que por lo menos, se entretuviera mirando hacia afuera, hasta que llegara su amiga Ángela y lo ayudara a ir al baño, y cambiarse si lo necesitaba.
Luego, la amiga de su mamá, volvía a dejarlo en el mismo sitio donde lo encontrara, y desde ahí sabía que faltaban tres horas hasta que viniera, y pudiera cambiarle de posición.
No tenía hermanos, su padre se había ido poco después de enterarse que su enfermedad era degenerativa, y por ende no haría sino empeorar.
Desde entonces, su madre había tenido que tomar otro trabajo, para poder mantener la casa, y solventar los gastos de medicación y fisioterapia.
Leía mucho, su abuela, que aparecía de tanto en tanto, siempre venía con libros para él. La televisión le molestaba, y la radio, prefería el silencio exterior y los sonidos interiores que se creaban cada vez que se adentraba en una historia.
Dejó de mirar por la ventana, ya casi no se veía nada. Prendió la lamparita que tenía a su lado, y se dispuso a leer por cuarta vez Moby Dick, libro que su madre no olvidaba de dejarle a su alcance, porque sabía que lo tomaría.
Era una novela que ejercía cierto magnetismo sobre él, un día era Ahab, y se llenaba de la obsesión por vengarse del cachalote, su adrenalina subía, se sentía en su piel, lo que le provocaba un profundo sentimiento catártico.
Otro día era la ballena blanca, percibía que era injusto que la vieran como una amenaza cuando únicamente respondía a su naturaleza, y se volvía todo solidaridad con el pobre animal, y sentía que las verdaderas amenazas eran los seres humanos, sobre todo los seres como Ahab, aquél mismo personaje que el día anterior lo había tenido dentro y vivido su furia.
El sonido de la llave en la puerta, lo devolvió a la realidad. La voz de su madre, cálida y cansada le hizo sentirse acompañado, e hizo a un lado el libro.
-Otra vez leyendo Moby Dick?, qué vas a querer de cenar?, le llegó al unísono. Pensó que lo mejor era responder lo segundo antes que lo primero, ya que tenía hambre. –Pescado, contestó, casi sin pensar. –Pescado, hijo?, no hay pescado en casa. Puedo hacerte una ensalada con huevo y papas, no te apetece?. –Está bien, respondió, Martín, sin ganas, sólo para no disgustar a su madre.
Reabrió su novela, volvió a ser Ahab, tomó el arpón con él, deseando con todas sus fuerzas que llegara su golpe de suerte, y poder terminar de una vez por todas con la maldita ballena que lo había dejado lisiado, mutilado, incompleto, huérfano de sí mismo, a la deriva del bote del mundo.


Silvia Martínez Coronel
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LAS LLAVES


Caminaba velozmente, como con miedo a ser alcanzada por alguien malvado, o como si hubiera cometido un crimen y tuviera miedo de ser descubierta. Miraba repetidas veces hacia los costados y hacia atrás, y apuraba aún más el paso. La llaves se movían dentro de su sudorosa mano, asida de la que abría la puerta de su casa, puesta en la postura exacta, para encajar en la cerradura. De repente se percató de que llegaba la noche, aún estaba a varias cuadras, comenzó a correr como una enajenada, llevándose la gente por delante, sin respetar los semáforos, mirando constantemente al cielo, hasta que sintió el dolor agudo sobre su pierna derecha, el estrépito de la caída, el color negro lo invadió todo y dejó de sentir.
Despertó sin saber quién era, dónde estaba, cómo se llamaba, por qué estaba entubada. Buscó recuerdos en su memoria, y no halló nada.
Por la ventana se colaba una luz tenue que reconoció como el amanecer.
El olor penetrante a alcohol le repelió. 
Cuando entró la enfermera a hacer el parte, la encontró despierta y asustada. Corrió a la enfermería a intentar ubicar el médico que la atendía.
A los veinte minutos, un hombre de barba blanca, lentes, y mirada amable, se presentó en la habitación. Se sentó a su lado y comenzó todo un interrogatorio, al cuál no pudo responder a ninguna pregunta sobre ella misma y su circunstancia...se puso muy nerviosa, y sólo atinó a decir:_¿quién soy?...el doctor le dijo que lo lamentaba, pero en los siete años que llevaba en coma nadie se había presentado que la pudiera reconocer..._¡siete años!, dijo despavorida..._no se ponga nerviosa, señora, le contestó el médico...ahora que salió del coma seguro que usted misma podrá ir recuperando su historia..._pero no me acuerdo de nada, dijo con voz algo vencida, la pobre mujer. El médico le tomó la mano, e intentó hablarle con la voz más serena que pudo:_de a poco se irá acordando, ya lo verá.
_¿Cómo estoy?, preguntó..._aparentemente bien, sus valores han vuelto a la normalidad...si todo sigue como es de esperar, en poco días le daremos de alta..._y,¿a dónde iré?...Por primera vez, el hombre no supo qué contestarle, la miró con una mirada desolada, al rato le dijo sin mucha convicción:_todo se va a resolver.
Era Sábado, la mujer caminaba despacio por una calle que creía ver por primera vez. Se detuvo ante una vidriera e intentó por novena o décima vez reconocer su rostro como algo propio, quería por lo menos fijar sus rasgos en su memoria, le daba temor encontrarse de repente frente a un espejo y no darse cuenta que era ella. Siguió caminando...la seguridad social le cubriría seis meses de hotel, hasta que lograra iniciar, o reiniciar la vida de una mujer sana.
Miró el mapa que le había improvisado el enfermero,leyó el nombre de la calle,_estoy a dos cuadras se dijo. 
Siguió caminando, el olor a jazmines parecía haber invadido la ciudad, se detuvo unos instantes para cerrar los ojos y abrir los pulmones a la caricia del aroma. 
Miró su derredor, un niño perseguía una pelota,la mirada sonriente y diáfana del pequeño le llenó el alma de ternura…continuó su ruta,_ esta es la calle,se dijo. A los pocos metros divisó el cartel del Hotel “Alejo”, se acercó, traspuso la puerta. Cuando le pidieron nombre y documentos, repitió lo que le habían dicho:_vengo del Hospital, me envía la seguridad social, soy el caso número 12. Bien, le respondieron, la estábamos esperando, ¿cómo quiere que la llamemos?,_María, contestó…_pues muy bien María, aquí tiene sus llaves, siga al fondo y tome la primera habitación a la derecha. La mujer asintió con la cabeza. Tomó las llaves, le agradó como relucían entre sus manos,no recordaba haber tenido otras en su vida, las fue mirando como un niño a su juguete nuevo mientras recorría el pasillo. 
Llegó a su habitación, y abrió la puerta, un intenso olor a madreselvas la esperaba en el cuarto al que observó con simpatía, cerró la puerta tras de sí, y sonrió por primera vez en diez años,desde que su marido e hijo habían muerto en aquel accidente de tránsito. Entonces, había intentado volver a encender el auto para ir por ayuda, pero no fue posible.Caminó largo rato hacia la carretera en búsqueda de socorro, hasta que unos viajeros la encontraron temblando,aún con las llaves del coche, ensangrentadas entre sus manos. 

silvia martínez coronel
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VIERNES


Estaba tocando fondo.
La vida había actuado con ella como un entrenador, poniéndole continuamente, prueba tras prueba, siempre había logrado levantarse, con buen instinto de supervivencia; cuando había sido posible enfrentar lo había hecho, y cuando no, había salido corriendo.Pero esta vez, se encontraba totalmente perdida,no lograba identificar dónde estaba el enemigo, parecía que una fuerza extraña la estuviera llevando a hacer cosas que no lograba comprender...y de repente, sentía como que todo se le estaba cayendo encima, y no sabía que hacer con tanta carga.
Pensó en otros momentos de su vida, en que había salvado obstáculos, pero exhaló un gran suspiro...nada, nada se parecía a esto, lo que le estaba sucediendo no tenía precedente alguno en su historia, le había llegado sin estreno, y lo peor, no hallaba dentro de sí, como siempre había sido, ni las armas para combatirlo, ni las fuerzas necesarias para salir corriendo.
Se tiró de espaldas sobre la cama, se quedó quieta por unos instantes mirando un punto fijo en el techo, intentó no pensar en nada, dejar la mente en blanco, cerrar los ojos, quizá dormir...pero no, no había forma de calmar aquella agitación, o por lo menos ella no conocía la manera.
Se levantó, miró el reloj que tenía enfrente, en media hora debería estar allí, apenas le quedaba tiempo de darse una ducha, y salir, probablemente tarde...pero bueno...fue a su ropero, y nada le pareció adecuado, se puso más nerviosa, sintió que perdería más tiempo, así que marchó hacia el baño, sin nada, y decidió vestirse luego, cuando el tiempo la apremiara de tal forma, que terminara escogiendo con velocidad.
Ya bajo la ducha, las lágrimas se precipitaron desde sus ojos, las dejó caer, sin pensar en ello, y se secó junto con el agua, el líquido salado que corría por su rostro. Se miró al espejo, se vio joven y bella, extrañada de sí misma, sonrió, vio como su expresión le otorgaba brillo a sus ojos, no el vidrioso de las lágrimas, sino el mágico, de la felicidad.Volvió a su dormitorio, se vistió sigilosamente, se detuvo un instante en la puerta antes de salir, el corazón le latía muy fuerte y se sentía llena de luz. 
Tomó impulso, salió a la calle e impelida por esa nueva fuerza, una vez dentro del coche,dijo al taxista, sin dudarlo, la dirección del bar donde la esperaba ansiosamente otra mujer, también con el alma resplandeciente, repitiendo para sus adentros, la música de su nombre.

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IMPOTENCIA



salió de su casa sin saber que iba a ninguna parte, cosa que supo mucho después, cuando se percató que habría caminado entre veinte y ochenta cuadras, miró instintivamente su muñeca, pero no llevaba reloj...miró al cielo, atardecía, recordó no sin esfuerzo que el sol aún estaba fuerte cuando había salido de su casa. creyó ver en su mente a Carmela llorando, pidiéndole que no volviera a dejarlos solos, tomándole de la pollera, que el niño pequeño tenía fiebre,y que no les había dejado de comer... quiso correr hacia su casa.recordó el momento en que traspasó la puerta, lo que ahora sentía vívidamente, lo percibió entonces como imágenes que no le fueran propias, como algo que hubiera visto en una película, a la que no le hubiera prestado mucha atención, hasta entonces, en este momento en que se percataba de que no hacía menos de cuatro horas que faltaba de casa, y de que era necesaria allí. miró su derredor, nada le sonó conocido, los autobuses estaban marcados por letras, no por números, como los que conocía. intentó preguntarle a alguien, pero nadie parecía percatarse de que estaba allí, comenzó a desesperarse, a detener la gente, o lo que fuera, tomándoles por los hombros, pero seguían su camino como si nada. la invadió la impotencia, se sentó en el cordón de la vereda, puso su cabeza entre sus manos y se echó a llorar, al principio parecía el llanto de una mujer adulta, luego el de una joven, hasta que se sintió llorar como niña, sentada en el último escalón de la escalera de sus padres, con su muñeca confidente, su Rayito de sol, antes claro que su padre la pusiera en una bolsa junto con su alucinante mamadera mágica y decidiera regalarla. recordaba la sensación de dolor que le provocó la cara de la muñeca contra el nylon, seguro se sentía asfixiada...y ella no poder hacer nada para salvarla, porque como siempre, cuando su madre estaba de elecciones su padre hacía esa razia, motivado por la extraña revelación de que había terminado una etapa de su infancia, también la obligaba a comer boñiato y coco, los que odiaba y terminaba vomitando, cosa que su padre sabía, pero que repetía cada vez que su madre las dejaba a su "cuidado".
la calle parecía volverse cada vez más estrecha, empezó a faltarle el aire, imaginó que así debió sentirse su muñeca Rayito, apretada en la bolsa...las palabras unidas habían cesado, recordó que era escapando de ese atroz sonido que había salido impelida de su casa, de repente se sonrió, se acordó de una de las frases que su madre repetía siempre: "cuando el incendió va con uno, de nada vale correr", volvió a sonreírse al preguntarse cómo era que su madre ya no se había muerto producto de quemaduras de tercer grado...claro, su madre había puesto el fuego en la vereda de enfrente, y hace mucho que había decidido ni mirarlo, es más probablemente a nivel inconsciente, se despechaba haciendo ceniza a otros...le vino a la memoria su cumpleaños de quince donde ella le prohibió "festejarlo" con música, volvió a sentir las miradas azoradas de los invitados...lo fea que se sentía entonces, lo impotente...lo infeliz.
comenzó a caminar en sentido contrario, la lógica le indicaba que si caminaba en sentido inverso se acercaría a su casa, aunque le inquietaba que nada de lo que viera le sonara conocido, las casas de estilo gótico, los autómatas vestidos de sport...algo la hizo mirar hacia atrás, y descubrir a unos seres más normales vestidos de blanco, mientras uno se empeñaba en que dijera su nombre y dirección, lo dijo...no tenía la más mínima idea de dónde había sacado la información, pero la misma parecía haber aliviado al médico, que mirando a sus colegas, dijo con naturalidad: -bueno...todo está bien, despertó lúcida de la micronarcosis.


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VIERNES SANTO



Tenía 19 años, había sido prometida a los 16, era la noche anterior a su boda y no podía dejar de llorar ni reprimir el vómito. Todo lo más silenciosamente posible, no sea que sus padres se percatasen de su gesto de triste rebeldía y fuera a ocasionarles un disgusto.
De repente respiró hondo, como le habían enseñado sus amigas ya casadas, que debería hacerlo la noche de bodas, para amortiguar el dolor, y su mente se perdió dentro de antiguos pensamientos: de pronto se vio sentada, con no más de cuatro años ,en el portal de su casa, jugando con sus muñecas. Fue la primera vez que vio pasar hacia el interior de su casa a quién sería su futuro marido. Un hombre de unos treinta y tantos, de mirada seria, traje y corbata, amigo entrañable de su papá.
El cabello castaño le caía suavemente sobre su espalda, vestido amplio de gasa y puntillas,blanco como sus medias y zapatos.
Se levantó de repente, para irse a hamacar en su columpio, era algo incómodo ubicarse en él con tanta pollera sobre pollera, la dureza del almidón, la enagua, pero tras intentarlo varias veces logró sentarse, aunque no sintiera el asiento, y se hamacó tan alto como pudo.
El hombre salió como a la hora y media, se acercó a ella y le acarició la cabeza, -adiós pequeña Antonia, le dijo, y le acercó un caramelo que la niña guardó detrás de sí, y tiró apenas lo vio perderse en el paisaje. Aquel hombre le había causado cierto temor, no supo bien por qué, pero de inmediato corrió hacia el patio trasero a refugiarse dentro de las faldas de su madre.
La mujer le preguntó qué le pasaba, pero ella, sólo la miró y se fue a buscar a su muñeca Justina, la compañera de sus días tristes.
Ya nada podía hacerse, en pocas horas, vendría la modista a ponerle el gran disfraz, a acomodarle la cola de 12 metros y la corona, también llegarían sus amigas ya casadas a maquillarla como una muñeca y con las pinturas tapar las ojeras de la noche en vela, y dejar sobre su boca una sonrisa congelada. Sólo un minuto le dio su impulso vital para cuestionarse la barbarie, para refugiarse en el temor, para sentirse el ser más desgraciado del mundo, luego acató su suerte de Jueves por la noche, y se quedó dormida.
Tenía once años la primera vez que lo vio refulgir entre la gente, se cruzaron sus miradas, el chico algo más atrevido, educado en la escuela de la calle, le regaló una sonrisa y se acercó a obsequiarle una de las flores que vendía. Su nana, se apresuró a apartarle, diciéndole que la señorita no aceptaba regalos de "pata en el suelo", en ese momento Antonia bajó la mirada y descubrió bajo la suciedad, los pies más bellos que vería en toda su vida.
La segunda vez tenían catorce años, fue verse y correr a el zaguán más cercano a besarse desesperadamente. No sabía como lo había hecho, sólo sintió que había sido el momento más grandioso de su vida, y mucho después, ya anciana y rodeada de nietos, la vida había tenido el tiempo suficiente de convencerla de que había sido el mejor momento de toda su existencia.
El primer rayo de sol, le hizo entrecerrar los ojos, una puñalada le atravesó el estómago, como que fuera un soldado con los que jugaba de niño su hermano mayor, se sentó en perfecto y súbito ángulo recto sobre su cama, había comenzado su vía crucis, había sido vendida a cambio de hacer desaparecer una hipoteca.
Se levantó y fue hacia el plato de loza a lavarse las lágrimas secas, y a preparar la cara más digna que encontró en su repertorio, para tolerar el sacrificio.No quería entristecer a su padre, que no sólo había encontrado la mejor solución para mantener su estilo de vida, sino le había hallado uno de los mejores partidos,ya que era un hombre muy rico, recientemente enviudado y sin hijos.
La tercera vez que lo vio, ya estaba prometida, él intentó acercarse pero ella se echó a correr con todas sus fuerzas, la nana intentó seguirla, pero su quilaje se lo impedió, sólo logró encontrarse con ella ya dentro de la casa,-¿pero qué te ha pasado mi niña?, parece que hubieras visto la cara del mismísimo Satanás , dios me salve y guarde. Antonia no contestó, sólo anduvo deambulando por la casa el resto de la tarde, canturreando las canciones que le enseñaba su abuela,cuando era muy niña, y se pasaba las tardes jugando a las muñecas, en el portal de su casa.


silvia martínez coronel
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EL CANTO DE LAS LUCIÉRNAGAS


El sexo era una prioridad para estar vivo, sin él la vida era un transcurrir de horas sin luciérnagas, y no era posible no permitirse las luciérnagas.
Desde que se conocieron supieron que la piel era un código compartido, un lenguaje que fluía desde los poros sin ataduras,y que cada roce hacía que se parieran nuevos mundos, padres y madres de sí mismos.
Descubrieron amándose que el baile de los cuerpos estaba muy lejos del cabalgar sin mucho matiz que les habían contado, y probado con otros. Sino que en ellos, era una forma de entrar en el otro y quedarse a contemplar la lluvia, el pasaje de los cometas, la sonrisa de los niños, el deslizarse del aroma de los dulces, el estar en el hogar dormido mientras se estaba despierto.
Había una suerte de prodigio que se iniciaba en la mirada, luego bajaba al hueco de la garganta y se instalaba en el estómago reclamando el alimento que buscarían sin encontrarlo en el festín de los fluidos compartidos.
Siempre quedaba una puerta abierta...siempre un pasadizo lleno de estrellas anunciaba una nueva fase, que no podía ser explorada enseguida, sino que debía dejarse decantar como los buenos vinos, para ser catado desde el aroma,la escucha de la cascada anuncio de lo exquisito. ser saboreado con el tacto de la lengua, el gusto paladeado con oficio, para sólo luego, cerrar los ojos para degustar a pleno la presencia del misterio.
Duró lo que tenía que durar, ni un segundo más, ni un segundo menos...pero luego, cuando tuvieron que separase, hubo algo en ellos que reconocieron no tener antes, y que no era posible describir. Fueron , entonces, conscientes de que sus esencias habían sido alteradas para siempre.
Una suerte de melodía que sabían sólo podía ser saboreada a solas,a veces surgía sin ser llamada, se precipitaba a saltos desde sus venas,escapaba de ellas, y llenaba el aire de perfumes innombrables.

silvia martínez coronel
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FOBIA


Le tenía miedo a la vida, por eso, cosas sencillas le eran complicadas: cocinar, limpiar la casa, salir...salir era un martirio...horas preparándose mentalmente, hasta que llegando la hora, el agujero en el estómago crecía, empezaba a buscar excusas, a desear que pasara algo que hiciera que el quedarse tuviera sentido...pero nada pasaba, y las excusas le resultaban incluso a ella poco creíbles...lo cierto es que se quedaba en casa...iba a su cuarto, miraba la cama con simpatía, y se echaba dormir.
Algunos días amanecía aborreciéndose, culpándose por todo el tiempo que dejaba ir, presa de su propio pánico...hubiera dado lo que fuera porque alguien le quitara aquel miedo...pero no, él convivía con ella desde que tenía memoria...su recuerdo más lejano era de los tres años, a la hora del crepúsculo, en una plaza , cuando al mirar la acera de enfrente,ésta pareció estar mucho más lejos de lo normal, casi una visión esperpéntica, que se hubiera colado de otro mundo, y ahí, entremezclado con los albañiles y la obra, aquel color, que acompañaba su melancolía todavía, apenas caía la tarde, aquel color dorado, aquella lejanía, aquella sensación de ausencia de sí misma, aquel dolor, que aunque nuevo parecía antiguo, en el centro del pecho...desde aquel día la opresión en la zona del esternón le era corriente, cada vez que algo le sonaba amenazante, como el timbre de la puerta, la bocina del teléfono, despertar...
Vivía sola, bah, con dos gatos. Luego del almuerzo hacía una siesta de tres a cuatro horas...dormir era uno de sus grandes placeres, su escapatoria por excelencia, lo bravo era cuando abría los ojos, y el mundo seguía estando ahí, escupiendo el fuego sobre su cara, avanzando el dragón, para seguro hacerle pedazos, porque sabía que sucedería, que eso tan malo que había hecho y no podía recordar, tarde o temprano le iba a ser cobrado.
El café era otro de los paliativos de su angustia, calmaba su ansiedad , y su necesidad de calor entre las manos...cerrar los ojos estando despierta también le provocaba cierto placer, la gratificante sensación de estar sin estar, de apartarse del mundo mientras seguía en él, un remedo bastante menos efectivo que el sueño, pero bueno, servía mientras estaba en vigilia.
Sufría de grandes dolores de cabeza, los que invadían la mitad de la misma y latían en una sien hasta provocar náuseas...
Los deberes sociales, eran una de las cosas que le hacía sentirse muy mal. El "tener que", lo hubiera con gusto extirpado de la vida social...pero no era posible...y también era muy poco posible obligar a su enferma maquinaria a cumplir con ellos en tiempo y forma. Siempre entregaba todo tarde,y mal, a pesar de su terrible autoexigencia, pero pesaba más en ella, el demonio de siete cabezas que la poseía.
Vivía soñando con días libres, en los cuáles haría muchas cosas, pero éstos llegaban, y sólo se volvían tiempo para dormir más.
Transcurría a ciegas por un mundo que se hacía el que veía, pero muy pocos eran capaces de captar el sufrimiento del otro, y en caso de percibirlo, de intervenir de algún modo...todo el mundo era ajeno a todo el mundo...vivía en un planeta de fantasmas civilizados para ser mano de obra barata y efectiva...donde la culpabilización era la forma de manipular al prójimo para hacerlo rendirse a los intereses de un otro que jamás se identificaba con el yo.
De pronto, un sonido la alejó de sus pensamientos, abrió los ojos, cerró el libro de psiquiatría, que sabía cuando lo tomó entre sus manos, que no miraría.De repente se había percatado del murmullo de la sala de espera, miró la hora,bastante tarde... vio el número electrónico sobre la pared,se levantó,se acomodó la pollera, tomó aire, lo exhaló, caminó lentamente hacia la puerta del consultorio, la abrió y dijo sin mirar a nadie:-que pase el número ocho.

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