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SILVIA MARTÍNEZ CORONEL, alias AURORA BOREAL,de Montevideo, Uruguay. Soy profesora de Literatura,formadora de futuros docentes,crítica de arte,declamadora,poeta,cuentista,madre y viceversa. Amo con pasión todo lo que hago, me entrego entera, no conozco otra forma de estar en el mundo, ni quiero aprender. Los textos aquí expuestos están registrados como propiedad intelectual de la autora.Si deseas hacer uso de ellos has de ponerte en contacto con ella. Todos los derechos reservados. No se puede copiar ni distribuir. No se puede hacer uso comercial con esta obra. No se pueden hacer trabajos derivados de ella.

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sábado, 21 de enero de 2012

AMELIA


Había comido y estaba preocupada. Buscaba desesperadamente información sobre las calorías que podían haberse sumado a su populoso cuerpo. 
En seguida programó el despertador para que sonara cada hora y entonces, se dijo, tomaría agua con un chorro de limón para disolver las grasas.
No salía de su casa hacía ya un tiempo, no quería ver a nadie, o mejor que nadie la viera, tenía terror a las risas de los demás, sabía que su figura no estaba presentable, a no ser en algún circo de feria...Se había hecho traer varios libros, que devoraba con ansiedad. Éstos alimentaban su deseos de adelgazar prometiendo dietas mágicas, como dejar de sentir hambre...Había probado hasta comer tiza, porque en uno de ellos encontró, que la misma bloqueaba el apetito. 
Sentía miedo del espejo, tenía varios en su cuarto, pero los había tapado todos, aunque varias veces al día se acercaba a alguno y se espiaba a hurtadillas, para volver inmediatamente a su cama vencida, derrotada, con deseos de dormir y ya no despertar.
El cuarto, casi completamente a oscuras, dejaba entrever la figuras agrandadas de los muebles en la pared, cerró los ojos, intentó pensar en un mar tranquilo, pero su cerebro la traicionaba, y apenas el mar aparecía en su mente, veía como se levantaban las olas y comían la arena, arrasando con los bañistas, no había forma de que lograra imaginar algo que le trajera un poco de calma. Gruesas gotas se deslizaron por sus ojos; llevó su mano, sin levantarse, hacia el segundo cajón de su mesa de luz, y de ahí extrajo fotografías de su juventud, donde se veía caminando por las pasarelas, con 46 kilos,tan lejos de los más de 100 que pensaba tendría ahora, no lo sabía con certeza, porque ya hacía rato que no se atrevía a pesarse.Las guardó inmediatamente. Se acurrucó en posición fetal, y se durmió.
La despertó un fuerte dolor de cabeza, que se continuaba por su espalda, y se volvía agudo en la boca del estómago, tomó aire, intentó exhalarlo lentamente, mientras buscaba por las gavetas de su cómoda, los antidepresivos. Dio vuelta la cabeza, como que hubiera sentido la penetrante mirada de alguien, pero sólo vio su sombra enorme en la pared, fue hasta la ventana, y corrió del todo las cortinas, así se vería obligada a no verse, ni siquiera en el espejo del sol.
Encontró sus remedios, tomó dos pastillas, y rogó que le hicieran efecto pronto, porque la angustia se la estaba comiendo viva.
Para la tarde, se le había sumado una importante taquicardia,le dolía el pecho y le ardía la boca, pasó la lengua y descubrió que le habían salido varias ampollas. Algo que me habrá caido mal, pensó, yo también, gorda inmunda, no hay manera de que deje de comer.Seguro tenía un ataque al hígado, pensó. 
Ya eran más de las dos de la mañana, y sintió que el dolor era tan agudo que le costaba respirar, quiso pedir ayuda, pero su cuerpo no le respondía, y no podía alcanzar el maldito teléfono. Se quedó en su cama boca arriba, mirando un punto fijo en el techo, hasta que del mismo comenzaron a salir aquellas figuras deformes, que le sonreían irónicamente.Se sintió desfallecer. Algo andaba mal, sentía la boca seca, y había tomado mucha agua...los latidos en la cabeza recrudecían.
Intentó gritar, pero le salió un sonido apenas audible, y nada.
Cuando la encontraron, hacía por lo menos una semana que había fallecido. El médico forence dignosticó, avitaminosis, y desproteinización, con consiguiente infección masiva.
La velaron unos pocos parientes, a cajón cerrado, un poco por el olor, otro poco para no ver al esqueleto perdido de 36 kilos que reposaba en el centro del terciopelo rojo.

silvia martínez coronel
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