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SILVIA MARTÍNEZ CORONEL, alias AURORA BOREAL,de Montevideo, Uruguay. Soy profesora de Literatura,formadora de futuros docentes,crítica de arte,declamadora,poeta,cuentista,madre y viceversa. Amo con pasión todo lo que hago, me entrego entera, no conozco otra forma de estar en el mundo, ni quiero aprender. Los textos aquí expuestos están registrados como propiedad intelectual de la autora.Si deseas hacer uso de ellos has de ponerte en contacto con ella. Todos los derechos reservados. No se puede copiar ni distribuir. No se puede hacer uso comercial con esta obra. No se pueden hacer trabajos derivados de ella.

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sábado, 21 de enero de 2012

LA BOLSA

Mientras le iba cortando el cabello al niño, casi sin mirarle, le reclamaba al repartidor la suba del precio de la cebolla. El muchacho aguantaba estoicamente el chaparrón de palabras inmerecido, acostumbrado a la tarea de oír sin escuchar las quejas de los clientes insatisfechos. De haber pensado un segundo(pero para eso escaseaba el tiempo, aún quedaban tres niños más, la comida, el aseo de la casa, la ropa, antes de que llegara el marido y tuviera que atenderle), se hubiera dado cuenta que no era el chico quién ponía los precios, por ende, de poco servía su queja, a no ser de mero desahogo.
La niña, recién llegada de comprar los siete quilos de carne, que había dejado sobre la mesa sin que nadie la percibiera, descansaba echada sobre algo de paja que dejara su padre acumulada en un rincón, probablemente para reparar alguna avería del techo.
La madre seguía disparando sobre el repartidor, y el mismo ya respiraba hondo deseando ser despedido por la mujer, para seguir con el reparto.
La aldeana movió su castigada estructura,al encuentro de la caja con las verduras, mientras le hacía un gesto al chico de que se retirase,luego vino, y le quitó la olla de la cabeza al niño, y le dio tres palmaditas en la espalda como señal de que debía levantarse, pues la tarea había sido concluida.
La niña se acomodó sobre la paja, y ahí su madre se dio cuenta de que había llegado, la miró con una casi imperceptible sonrisa y le dijo que viniera a ayudarla a lavar la loza. La pequeña, que no llegaba a los ocho años, se levantó, no sin dificultad, pues aún persistía en su cuerpo, el dolor del trabajo de traer ella sola, seis quilómetros a pie, toda la carga.
Estaban lavando la loza, cuando entró el padre, la mujer le miró espantada, pues era muy temprano, y aún no había terminado ni con la mitad de sus obligaciones.
Él, le hizo un gesto con la mano, de que no se preocupase, y siguiese con su trabajo, y se fue hacia adentro de la casa.Su mirada de fastidio podría haber sido notada a varios metros. La aldeana, frunció el ceño, se secó rápidamente las manos en el delantal, y salió tras su marido.
La niña siguió con el lavado, pero oía nítidamente, desde el fondo,el eco de los gritos de ambos, el agua enjabonada llevó sus inoportunas lágrimas, junto con su sangre, pues en un mal viraje de un plato, el mismo se había cascado, y rasgado su piel. Se apuró a secar su cara con el delantal, y a ocultar presurosa su error, antes de que viniera su madre...luego de unos segundos, la misma se anunciaba desde el pasillo, las pisadas de sus ciento cuarenta quilos, se hacían sentir como el desplazamiento de un elefante.
La niña miró con terror como de su mano derecha manaba un inocultable líquido rojo, su madre lo vería, pensó, y le pediría explicaciones.
La mujer volvió al lavado, con la mirada ida, su cara parecía haberse vuelto de cera, no movía un músculo. No pareció darse cuenta del leve color rosa del agua, y la niña respiró.
El padre volvió del interior de la casa con las herramientas necesarias para arreglar el techo, cogió la paja y se marchó. Sólo cuando sintió ya lejos los pasos del hombre, el enorme pecho de la mujer comenzó a estremecerse producto de un llanto ahogado, que la niña no se atrevió a interrumpir...sólo se separó del lavado, y corrió hacia afuera, ahora estaba segura de que su madre no volvería a llamarle por el resto de la tarde...tomó un trozo de madera del suelo con el cuál dejaría pasar el tiempo, quitándole lascas, y fue ahí que la vio, la enorme bolsa de ropa sucia de los otros niños,( los cuales sabía sus hermanos, pero que no le era permitido saludar), que su madre debía lavar con premura y tener seca y planchada para el Sábado, cuando el padre volviera a aprontar todo, para irse con la otra mujer.

silvia martínez coronel.
derechos registrados.

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