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SILVIA MARTÍNEZ CORONEL, alias AURORA BOREAL,de Montevideo, Uruguay. Soy profesora de Literatura,formadora de futuros docentes,crítica de arte,declamadora,poeta,cuentista,madre y viceversa. Amo con pasión todo lo que hago, me entrego entera, no conozco otra forma de estar en el mundo, ni quiero aprender. Los textos aquí expuestos están registrados como propiedad intelectual de la autora.Si deseas hacer uso de ellos has de ponerte en contacto con ella. Todos los derechos reservados. No se puede copiar ni distribuir. No se puede hacer uso comercial con esta obra. No se pueden hacer trabajos derivados de ella.

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sábado, 21 de enero de 2012

A LA DERIVA DEL BOTE DEL MUNDO.



Estaba cayendo la tarde, los niños volvían a su casa de mala gana, tras el llamado de sus madres, pelota bajo el brazo, caras tiznadas de polvo y juego.
Martín miraba la escena de los pequeños refunfuñantes, a través de su ventana. Estaba solo, como casi siempre, su madre lo dejaba en ese lugar, cara al vidrio, para que por lo menos, se entretuviera mirando hacia afuera, hasta que llegara su amiga Ángela y lo ayudara a ir al baño, y cambiarse si lo necesitaba.
Luego, la amiga de su mamá, volvía a dejarlo en el mismo sitio donde lo encontrara, y desde ahí sabía que faltaban tres horas hasta que viniera, y pudiera cambiarle de posición.
No tenía hermanos, su padre se había ido poco después de enterarse que su enfermedad era degenerativa, y por ende no haría sino empeorar.
Desde entonces, su madre había tenido que tomar otro trabajo, para poder mantener la casa, y solventar los gastos de medicación y fisioterapia.
Leía mucho, su abuela, que aparecía de tanto en tanto, siempre venía con libros para él. La televisión le molestaba, y la radio, prefería el silencio exterior y los sonidos interiores que se creaban cada vez que se adentraba en una historia.
Dejó de mirar por la ventana, ya casi no se veía nada. Prendió la lamparita que tenía a su lado, y se dispuso a leer por cuarta vez Moby Dick, libro que su madre no olvidaba de dejarle a su alcance, porque sabía que lo tomaría.
Era una novela que ejercía cierto magnetismo sobre él, un día era Ahab, y se llenaba de la obsesión por vengarse del cachalote, su adrenalina subía, se sentía en su piel, lo que le provocaba un profundo sentimiento catártico.
Otro día era la ballena blanca, percibía que era injusto que la vieran como una amenaza cuando únicamente respondía a su naturaleza, y se volvía todo solidaridad con el pobre animal, y sentía que las verdaderas amenazas eran los seres humanos, sobre todo los seres como Ahab, aquél mismo personaje que el día anterior lo había tenido dentro y vivido su furia.
El sonido de la llave en la puerta, lo devolvió a la realidad. La voz de su madre, cálida y cansada le hizo sentirse acompañado, e hizo a un lado el libro.
-Otra vez leyendo Moby Dick?, qué vas a querer de cenar?, le llegó al unísono. Pensó que lo mejor era responder lo segundo antes que lo primero, ya que tenía hambre. –Pescado, contestó, casi sin pensar. –Pescado, hijo?, no hay pescado en casa. Puedo hacerte una ensalada con huevo y papas, no te apetece?. –Está bien, respondió, Martín, sin ganas, sólo para no disgustar a su madre.
Reabrió su novela, volvió a ser Ahab, tomó el arpón con él, deseando con todas sus fuerzas que llegara su golpe de suerte, y poder terminar de una vez por todas con la maldita ballena que lo había dejado lisiado, mutilado, incompleto, huérfano de sí mismo, a la deriva del bote del mundo.


Silvia Martínez Coronel
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