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SILVIA MARTÍNEZ CORONEL, alias AURORA BOREAL,de Montevideo, Uruguay. Soy profesora de Literatura,formadora de futuros docentes,crítica de arte,declamadora,poeta,cuentista,madre y viceversa. Amo con pasión todo lo que hago, me entrego entera, no conozco otra forma de estar en el mundo, ni quiero aprender. Los textos aquí expuestos están registrados como propiedad intelectual de la autora.Si deseas hacer uso de ellos has de ponerte en contacto con ella. Todos los derechos reservados. No se puede copiar ni distribuir. No se puede hacer uso comercial con esta obra. No se pueden hacer trabajos derivados de ella.

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sábado, 21 de enero de 2012

MUERTOS



En un cercano país, de cuyo nombre no puedo acordarme...nació una niña más pequeña que un grano de garbanzo.
Creció sentada en una silla, tan quieta, que no sabía que podía moverse.Le temía a la caída de la tarde, se puso de nombre Atardecer.
Un día la levantaron y le pusieron una túnica para que fuera a a la escuela, fue así como se enteró que podía moverse, probó sus piernas, y si bien le salió un caminar lánguido, casi como un arrastre, también comprobó que podía caminar. Se enteró de que hablaba cuando llegó a la escuela;un niño le preguntó dónde quedaba el salón, dijo que no sabía, y se sorprendió que salieran ruidos de su boca, que al parecer los demás comprendían. Ella no sabía cómo,pero también entendía los ruidos que salían de las otras bocas.
Al volver a su casa, se perdió dentro del pasto, el rocío le anunció la llegada de la noche, se acostó sobre la tierra y se durmió.
Despertó en un amplio salón con un vestido blanco, del brazo de un feo hombre que la miraba con indiferencia. Fue por un invitado que se percató que aquella era su boda, mejor dicho, que había sido, pues ya estaban en el festejo, y que aquel señor desagradable, y aparentemente mudo, era su esposo.
Tuvo cuatro hijos varones, uno tras otro, a todos les puso Armando, pero ninguno de ellos se equivocaban cuando eran llamados por su madre.
Desde pequeños ,Atardecer los entrenó en la cocina, y entre los cuatro preparaban todas las comidas, incluso las meriendas que llevaban a la escuela.
Un día los niños se quedaron dormidos sobre el caballo a la vuelta a casa.
Al despertar, se encontraron en el velorio de su madre. No reconocieron la voz de su abuela, cuando se acercó al ataúd donde ellos miraban con asombro a su mamá quieta,y los llamó hijos. Los cuatro a la vez, giraron sus cabezas, y fue entonces como vieron la cara de su madre con muchas más arrugas, y el pelo totalmente blanco, torneado en trenzas. Buenas tardes, abuela, le dijeron, y se apartaron. Miraron a los invitados y sólo descubrieron una mirada lejana de dolor, en un hombre mayor, que nadie necesitó decirles quién era, para darse cuenta que era su padre.
Se marcharon a la cocina, e hicieron café para todos. Al volver a sentarse al banco donde lo hacían siempre vieron que dos no entraban, fue entonces que se miraron los unos a los otros y descubrieron que ya eran hombres. De pronto se acercaron cuatro mujeres y les dieron los niños para ir al lavabo. Apenas habían mirado a sus hijos, cuando los niños se quedaron profundamente dormidos.


Silvia Martínez Coronel
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