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SILVIA MARTÍNEZ CORONEL, alias AURORA BOREAL,de Montevideo, Uruguay. Soy profesora de Literatura,formadora de futuros docentes,crítica de arte,declamadora,poeta,cuentista,madre y viceversa. Amo con pasión todo lo que hago, me entrego entera, no conozco otra forma de estar en el mundo, ni quiero aprender. Los textos aquí expuestos están registrados como propiedad intelectual de la autora.Si deseas hacer uso de ellos has de ponerte en contacto con ella. Todos los derechos reservados. No se puede copiar ni distribuir. No se puede hacer uso comercial con esta obra. No se pueden hacer trabajos derivados de ella.

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viernes, 9 de marzo de 2012

EL FRAUDE


Pensó que nunca, quizá fuera un buen momento, sólo que no le llamaba nunca, sino “después”.Los días pasaban y la angustia crecía, las paredes blancas parecían ser espejos que le devolvían una imagen informe, llena de vacío.Iba al trabajo sin ir, cocinaba sin cocinar, cuidaba sus hijos sin cuidarlos, en definitiva, vivía sin vivir…Cuando se sentía demasiado agobiada por la nada que la desdibujaba, se aferraba a ese “después”, que guardaba su sonrisa, para no humillarla, pero que hacía una cómoda siesta en su mundo interior, sin la inquietud de quién cree que en cualquier momento puede ser llamado.
Había aprendido a caminar sin pies, como volando, sin sentir el suelo, mirar sin ver…no es que no percibiera los objetos, sólo que no eran más que eso: objetos, nada que tuviera que ver con ella, algo lejano, más allá del estrecho círculo de fuego que había tejido a su alrededor.
Hacía cinco años que estaba separada…el padre de los niños se había olvidado pronto de su dirección y ella se encargaba sola de la manutención de los dos hijos, y de la casa, lo que le resultaba bastante difícil.Hacía buen rato que no miraba a sus pequeños a la cara, les daba un beso, sin tocar sus mejillas, y los niños se habían acostumbrado a no reclamar nada…De tanto en tanto caía una vecina con una sopa caliente, y alguna golosina para los niños, ella se lo agradecía con una sonrisa, y hacía como que escuchaba mientras la mujer le contaba cosas cotidianas.
Era una alivio cuando se marchaba…el contacto cercano la obligaba a demostrar un interés que no sentía y esto la dejaba agotada.
No siempre había sido así, nunca había sido un ser muy normal, pero por años fue algo no demasiado lejano al resto, pero desde que su marido había desaparecido, de a poco se había convertido en esta mujer ausente, que transcurría por los días como un fantasma, sin indolencia, pero sin pertenencia.No era el hecho en sí de haber perdido al marido, eso no importaba, hacía rato que ya no le quería, sino la sensación de abandono lo que había calado tan fuertemente en su alma.Mientras venía a ver a los niños, aún mantenía cierto apego a las cosas, pero cuando se fue del todo, se fugó hacia un lugar, donde nada la tocaba, aunque el dolor en el pecho le demostrara que todo era más una pose que una realidad…pero esta pose le hacía posible sobrevivir, y alejaba a los demás, lo que le era necesario.
Un día cualquiera mientras compraba verduras en la feria del pueblo, lo vio pasar de lejos…no pareció verla…pero a ella le despuntó una rabia intensa que hizo que rodara la verdura por el suelo. La señora del puesto recogió todo, y le preguntó si le pasaba algo…-no, nada, contestó ella con una mortecina sonrisa, y se dispuso a regresar a la casa, sólo que se fue por otro camino, que no sabía hacia donde la llevaba, ni le importaba. Las lágrimas rodaron por sus mejillas, y descubrió que hacía mucho tiempo que no lloraba, se sentó en una plaza, y pensó en su “después”, miró a los traseúntes , y dijo entredientes: “maldito hijo de puta”.
Volvió a su casa, entró al escritorio de su marido, que había permanecido cerrado por años, se sentó en su sillón y abrió la primera gaveta. Allí permanecía latiente una hoja polvorienta. La tomó entre sus manos, y leyó la carta que le enviara a su marido, el gerente de la empresa donde él trabajaba entonces : “diferencia entre entradas y salidas, el monto se dividirá en partes iguales entre tú y yo, y así sé que no vas a traicionarme y tú sabrás que no te traicionaré”…la misiva seguía…y tenía fecha del día anterior a que se marchara…se levantó decidida, con la prueba entre las manos, y salió a la calle.


Silvia martínez coronel
Derechos reservados

LOS PERROS



Cruzó la calle con el último aliento robado a su respiración, y entró en su casa, se tapó los oídos, pues se negó a seguir escuchando el sonido enemigo.
Intentó pensar en un mar en calma, un bosque de pinos, pero el ruido, opacaba sus imágenes visuales y olfativas.
Percibió entonces, que de nada servía seguirlo intentando.
Encendió música a todo volumen, y así logró dejar de escucharlos, pero no de temer, ya que sabía que aunque no los oyera, ellos seguían ahí, expectantes, detrás de su puerta.
Recordó que cuando todo esto había empezado, sólo tenía once años, y se subía con rapidez a los árboles, para protegerse.
Claro, que en la medida en que su mente había surgido la vergüenza, había dejado de lado esa estrategia, y la había suplantado por echarse a correr, aunque hacerlo despavorida por las calles, sabía que  tampoco era algo muy urbanizado, pero su miedo siempre respondía antes que su socialización, y apenas sentía el acoso, se lanzaba a la carrera.
Desde pequeña se había cuestionado el por qué de la persecución. Su madre le había dicho que era porque olían su miedo. En aquellos tiempos, la palabra de mamá pesaba más que la suya, y por ende dio por cierto lo que le decía, y se entrenó lo mejor que pudo en trepar árboles, ya que esto parecía bastante más sencillo que evitar el temor.
Al comenzar a sentir el olor del deseo, el argumento de mamá perdió consistencia, y fue suplantado por uno propio: olía a perra en celo.
Fue entonces, que empezó a guardar todo el dinero que conseguía para comprarse perfumes que opacaran su olor, pero su estrategia no surtió efecto, el olfato de los perros no se dejaba engañar así no más, y apenas la percibían , salían tras ella. Entonces regresó a su segunda opción, correr a la mayor velocidad posible.
A los 15 ya aventajaba a todos sus compañeros en Educación física, corría a una velocidad que dejaba boquiabiertos, tanto a sus compañeros, como a sus profesores.
Pronto empezaron las ofertas de entrenadores para que participara en carreras.
Sus padres olfatearon el negocio, tanto, o mejor que los perros, y le consiguieron el mejor entrenador.
Dalila, motivada por su primaria necesidad, más que por vocación, aceptó ser entrenada, y las medallas, al poco tiempo, ocupaban gran parte de la pared de la sala.
Ella estaba contenta, porque gracias al entrenamiento, los perros le quedaban suficientemente lejos, como para generarle preocupación, y como ya tenía bastante fama, tampoco era un problema la vergüenza, ni la socialización, ya que a todo el mundo le parecía normal verla correr. La gente asumía que Dalila había salido a entrenar, y el problema original quedaba perfectamente camuflado.
Dalila fue creciendo como deportista, y empezó a ganar mucho dinero, luego de su primer triunfo en las Olimpíadas.
Entonces ocurrió algo impensable en sus primeros tiempos en que escapaba aterrorizada, pensó que sería bueno estimular su miedo, llevando consigo el olor de los perros persiguiéndola, ya que eso la llevaría a correr a mayor velocidad, y por ende ganar más fama y dinero. Éste ya no iba a las arcas de sus padres, porque ya estaba suficientemente grande como para hacer los tratos con los entrenadores sin pasar por ellos, y por lo tanto tener total potestad sobre lo que ganaba, y depositarlo en una cuenta personal.
Ese día histórico en que el amor al dinero y la fama superó su motivación original para correr, luego de mucho pensar, decidió lanzarles uno de sus pañuelos a los perros del vecino, para que impregnaran sus olores en él
A la tarde llevó a cabo su plan, y a  través de la medianera contempló con satisfacción como los animales se desesperaban poniendo en sus bocas el pañuelo y pasando sus cuerpos sobre él.
Ella sabía que alrededor de las 20 horas el dueño llegaba a casa y los ataba, y entonces, quedaría libre para rescatar el señuelo. Así lo hizo. Al llegar al patio, apenas pudo encontrar un trozo del pañuelo, producto de las dentelladas, pero consideró que era suficiente, para que dentro de una bolsita atada a su cuello, su cuerpo respondiera instintivamente, y la hiciera correr a mayor velocidad.
El dinero y la fama provocaron lo que jamás se le hubiera ocurrido en sus años de entrenamiento involuntario en pro de su supervivencia: usar sus propios y primitivos temores para optimizar su rendimiento como corredora profesional.
Al día siguiente,  salió a entrenar con la bolsita en el cuello, y superó dos marcas su record. Volvió encantada con su invento, e inmediatamente pensó en como hacer para generarse aún más temor y por ende, llegar más lejos.
Al oír ladrar los perros, recordó que cuando era niña y se trepaba a los árboles, el aviso de la cercanía de los animales no se lo daba su nariz, sino sus oídos. Que el olfato de la presencia cercana de los canes era algo que había desarrollado después, cuando correr se había impuesto en ella como la estrategia única, y había que descubrirlos antes de que comenzaran su persecución tras ella, para entonces, poder tomarles ventaja.
Esa tarde, les echó otro pañuelo con su olor, y al oír aquel ladrido que estaba grabado a fuego en su memoria, prendió su grabadora.
Al otro día, cuando salió a correr, además del pañuelo al cuello, llevó su Mp4, con auriculares con la grabación del ladrido de los perros.
Por supuesto los resultados fueron excelentes. Volvió a su lujosa mansión con la convicción de que en las próximas Olimpíadas ganaría la medalla de oro.
Y así ocurrió.
Pero un día cualquiera descubrió que la bolsita con el olor y  la grabación de los ladridos habían dejado de surtir efecto…de hecho desde que había asumido a los perros como sus aliados en su carrera tras el éxito, y por ende su cerebro había dejado de verlos como enemigos, aquel  temor acuñado durante tantos años se había ido desvaneciendo, hasta desaparecer totalmente.
No le quedó otra que asumir que hasta aquí había llegado, se sacó varias fotos con su medalla de oro y las guardó en un álbum al que llamó.: MIS ADORADOS PERROS.
Guardó el álbum , y con él su cuarto de hora; entonces, se dedicó a mirar los videos de sus pasadas glorias.
Cuando se aburrió de verse, se dedicó a viajar por el mundo en autos importados y carísimos cruceros.
De vuelta a casa, ya tenía unos cuantos años, había dilapidado su fortuna, y apenas le quedaba algún dinero para sobrevivir en su vejez.
Había enterrado a sus padres ya hacía unos cuantos años, y gracias a la dedicación que le había implicado su carrera no se había casado ni tenido hijos, o sea, estaba completamente sola.
El día, que producto de que su cerebro había captado que estaba suficientemente débil como para no temer, un olor conocido la volvió a sentirse  amenazada.
El hecho, la tomó totalmente desprevenida, sentada en una plaza.
Automáticamente se levantó, y dio unos pasos, luego vinieron los ladridos, y consecuentemente su desesperación, dejó su cartera sobre el banco público, y se echó  a correr sin mirar atrás. Sus 70 años sumados a su sobrepeso, ganado por el abandono del entrenamiento, no ayudaron a dejar ni un segundo de sentir los agitados latidos de su corazón, producto de los ladridos en la nuca.
Cruzó la calle con el último aliento robado a su respiración, y entró en su casa, se tapó los oídos, pues se negó a seguir escuchando el sonido enemigo.
Intentó pensar en un mar en calma, un bosque de pinos, pero el ruido, opacaba sus imágenes visuales y olfativas.
Percibió entonces, que de nada servía seguirlo intentando.
Encendió música a todo volumen, y así logró dejar de escucharlos, pero no de temer, ya que sabía que aunque no los oyera, ellos seguían ahí, expectantes, detrás de su puerta.
Se perdió dentro de sus recuerdos.
En el momento justo, dirigió su mirada hacia las medallas que colgaban en su pared, y en el centro, la reluciente de oro. Luego detuvo su mirada sobre la alta pila de videos de sus épocas de gloria, volvió a mirar hacia la puerta y una mueca se impuso a su sonrisa.
Pensó cómo haría para volver a salir a la calle, sin su Mercedes,ni sus cuatro guarda espaldas…y así fue como recordó las palabras de su madre : “los perros huelen el temor”, por ende donde siguiera con esos pensamientos, los monstruos no se iban a retirar de su puerta.
La invadió un sentimiento que no había llegado a sentir ni de niña, ante lo desconocido:se sintió acorralada, eso le causó una molestia intolerable. Entonces se levantó, apagó la música, caminó convencida, a pie firme, respiró hondo, y abrió la puerta.


silvia martínez coronel
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