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SILVIA MARTÍNEZ CORONEL, alias AURORA BOREAL,de Montevideo, Uruguay. Soy profesora de Literatura,formadora de futuros docentes,crítica de arte,declamadora,poeta,cuentista,madre y viceversa. Amo con pasión todo lo que hago, me entrego entera, no conozco otra forma de estar en el mundo, ni quiero aprender. Los textos aquí expuestos están registrados como propiedad intelectual de la autora.Si deseas hacer uso de ellos has de ponerte en contacto con ella. Todos los derechos reservados. No se puede copiar ni distribuir. No se puede hacer uso comercial con esta obra. No se pueden hacer trabajos derivados de ella.

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viernes, 9 de marzo de 2012

LOS PERROS



Cruzó la calle con el último aliento robado a su respiración, y entró en su casa, se tapó los oídos, pues se negó a seguir escuchando el sonido enemigo.
Intentó pensar en un mar en calma, un bosque de pinos, pero el ruido, opacaba sus imágenes visuales y olfativas.
Percibió entonces, que de nada servía seguirlo intentando.
Encendió música a todo volumen, y así logró dejar de escucharlos, pero no de temer, ya que sabía que aunque no los oyera, ellos seguían ahí, expectantes, detrás de su puerta.
Recordó que cuando todo esto había empezado, sólo tenía once años, y se subía con rapidez a los árboles, para protegerse.
Claro, que en la medida en que su mente había surgido la vergüenza, había dejado de lado esa estrategia, y la había suplantado por echarse a correr, aunque hacerlo despavorida por las calles, sabía que  tampoco era algo muy urbanizado, pero su miedo siempre respondía antes que su socialización, y apenas sentía el acoso, se lanzaba a la carrera.
Desde pequeña se había cuestionado el por qué de la persecución. Su madre le había dicho que era porque olían su miedo. En aquellos tiempos, la palabra de mamá pesaba más que la suya, y por ende dio por cierto lo que le decía, y se entrenó lo mejor que pudo en trepar árboles, ya que esto parecía bastante más sencillo que evitar el temor.
Al comenzar a sentir el olor del deseo, el argumento de mamá perdió consistencia, y fue suplantado por uno propio: olía a perra en celo.
Fue entonces, que empezó a guardar todo el dinero que conseguía para comprarse perfumes que opacaran su olor, pero su estrategia no surtió efecto, el olfato de los perros no se dejaba engañar así no más, y apenas la percibían , salían tras ella. Entonces regresó a su segunda opción, correr a la mayor velocidad posible.
A los 15 ya aventajaba a todos sus compañeros en Educación física, corría a una velocidad que dejaba boquiabiertos, tanto a sus compañeros, como a sus profesores.
Pronto empezaron las ofertas de entrenadores para que participara en carreras.
Sus padres olfatearon el negocio, tanto, o mejor que los perros, y le consiguieron el mejor entrenador.
Dalila, motivada por su primaria necesidad, más que por vocación, aceptó ser entrenada, y las medallas, al poco tiempo, ocupaban gran parte de la pared de la sala.
Ella estaba contenta, porque gracias al entrenamiento, los perros le quedaban suficientemente lejos, como para generarle preocupación, y como ya tenía bastante fama, tampoco era un problema la vergüenza, ni la socialización, ya que a todo el mundo le parecía normal verla correr. La gente asumía que Dalila había salido a entrenar, y el problema original quedaba perfectamente camuflado.
Dalila fue creciendo como deportista, y empezó a ganar mucho dinero, luego de su primer triunfo en las Olimpíadas.
Entonces ocurrió algo impensable en sus primeros tiempos en que escapaba aterrorizada, pensó que sería bueno estimular su miedo, llevando consigo el olor de los perros persiguiéndola, ya que eso la llevaría a correr a mayor velocidad, y por ende ganar más fama y dinero. Éste ya no iba a las arcas de sus padres, porque ya estaba suficientemente grande como para hacer los tratos con los entrenadores sin pasar por ellos, y por lo tanto tener total potestad sobre lo que ganaba, y depositarlo en una cuenta personal.
Ese día histórico en que el amor al dinero y la fama superó su motivación original para correr, luego de mucho pensar, decidió lanzarles uno de sus pañuelos a los perros del vecino, para que impregnaran sus olores en él
A la tarde llevó a cabo su plan, y a  través de la medianera contempló con satisfacción como los animales se desesperaban poniendo en sus bocas el pañuelo y pasando sus cuerpos sobre él.
Ella sabía que alrededor de las 20 horas el dueño llegaba a casa y los ataba, y entonces, quedaría libre para rescatar el señuelo. Así lo hizo. Al llegar al patio, apenas pudo encontrar un trozo del pañuelo, producto de las dentelladas, pero consideró que era suficiente, para que dentro de una bolsita atada a su cuello, su cuerpo respondiera instintivamente, y la hiciera correr a mayor velocidad.
El dinero y la fama provocaron lo que jamás se le hubiera ocurrido en sus años de entrenamiento involuntario en pro de su supervivencia: usar sus propios y primitivos temores para optimizar su rendimiento como corredora profesional.
Al día siguiente,  salió a entrenar con la bolsita en el cuello, y superó dos marcas su record. Volvió encantada con su invento, e inmediatamente pensó en como hacer para generarse aún más temor y por ende, llegar más lejos.
Al oír ladrar los perros, recordó que cuando era niña y se trepaba a los árboles, el aviso de la cercanía de los animales no se lo daba su nariz, sino sus oídos. Que el olfato de la presencia cercana de los canes era algo que había desarrollado después, cuando correr se había impuesto en ella como la estrategia única, y había que descubrirlos antes de que comenzaran su persecución tras ella, para entonces, poder tomarles ventaja.
Esa tarde, les echó otro pañuelo con su olor, y al oír aquel ladrido que estaba grabado a fuego en su memoria, prendió su grabadora.
Al otro día, cuando salió a correr, además del pañuelo al cuello, llevó su Mp4, con auriculares con la grabación del ladrido de los perros.
Por supuesto los resultados fueron excelentes. Volvió a su lujosa mansión con la convicción de que en las próximas Olimpíadas ganaría la medalla de oro.
Y así ocurrió.
Pero un día cualquiera descubrió que la bolsita con el olor y  la grabación de los ladridos habían dejado de surtir efecto…de hecho desde que había asumido a los perros como sus aliados en su carrera tras el éxito, y por ende su cerebro había dejado de verlos como enemigos, aquel  temor acuñado durante tantos años se había ido desvaneciendo, hasta desaparecer totalmente.
No le quedó otra que asumir que hasta aquí había llegado, se sacó varias fotos con su medalla de oro y las guardó en un álbum al que llamó.: MIS ADORADOS PERROS.
Guardó el álbum , y con él su cuarto de hora; entonces, se dedicó a mirar los videos de sus pasadas glorias.
Cuando se aburrió de verse, se dedicó a viajar por el mundo en autos importados y carísimos cruceros.
De vuelta a casa, ya tenía unos cuantos años, había dilapidado su fortuna, y apenas le quedaba algún dinero para sobrevivir en su vejez.
Había enterrado a sus padres ya hacía unos cuantos años, y gracias a la dedicación que le había implicado su carrera no se había casado ni tenido hijos, o sea, estaba completamente sola.
El día, que producto de que su cerebro había captado que estaba suficientemente débil como para no temer, un olor conocido la volvió a sentirse  amenazada.
El hecho, la tomó totalmente desprevenida, sentada en una plaza.
Automáticamente se levantó, y dio unos pasos, luego vinieron los ladridos, y consecuentemente su desesperación, dejó su cartera sobre el banco público, y se echó  a correr sin mirar atrás. Sus 70 años sumados a su sobrepeso, ganado por el abandono del entrenamiento, no ayudaron a dejar ni un segundo de sentir los agitados latidos de su corazón, producto de los ladridos en la nuca.
Cruzó la calle con el último aliento robado a su respiración, y entró en su casa, se tapó los oídos, pues se negó a seguir escuchando el sonido enemigo.
Intentó pensar en un mar en calma, un bosque de pinos, pero el ruido, opacaba sus imágenes visuales y olfativas.
Percibió entonces, que de nada servía seguirlo intentando.
Encendió música a todo volumen, y así logró dejar de escucharlos, pero no de temer, ya que sabía que aunque no los oyera, ellos seguían ahí, expectantes, detrás de su puerta.
Se perdió dentro de sus recuerdos.
En el momento justo, dirigió su mirada hacia las medallas que colgaban en su pared, y en el centro, la reluciente de oro. Luego detuvo su mirada sobre la alta pila de videos de sus épocas de gloria, volvió a mirar hacia la puerta y una mueca se impuso a su sonrisa.
Pensó cómo haría para volver a salir a la calle, sin su Mercedes,ni sus cuatro guarda espaldas…y así fue como recordó las palabras de su madre : “los perros huelen el temor”, por ende donde siguiera con esos pensamientos, los monstruos no se iban a retirar de su puerta.
La invadió un sentimiento que no había llegado a sentir ni de niña, ante lo desconocido:se sintió acorralada, eso le causó una molestia intolerable. Entonces se levantó, apagó la música, caminó convencida, a pie firme, respiró hondo, y abrió la puerta.


silvia martínez coronel
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9 comentarios:

  1. Muy buen clima este que creaste, querida poeta, te felicito, me gustó mucho. Abrazo fuerte

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  2. Buen relato. Captando la atención del lector desde el principio. Hay un cierto intento de renovación de estilo, sin salirse de su tónica habitual, donde los personajes suelen ser analizados de manera minuciosa. Como siempre,muy bueno. Gracias. Besos

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  3. Muchas gracias, Mab., sí la exploración por los caminos de la narrativa me riene maravillada...el desarrollo de los personajes sumado a la técnica del cuento de efecto me agrada como descubrimiento, e innovación. Gracias por tu valoración. ABRAZO.

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  4. Mi Silvia, cerrar contigo mi semana, es un regalo...
    posees una forma tan deliciosa de atraparme en las primeras líneas
    cuanto admiro tu pluma y tu musa...

    Brillante relato heme aquí anclada esperando por más mi belleza

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  5. Muchas gracias Abi, siempre eres y serás bienvenida. ABRAZO.

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  6. Excelente relato ,lo he releído con avidez , muy interesante y el epilogo es fabuloso ,rompe esquemas ,gracias Silvia por tu maravillosa creación literaria,aplausos de pie...

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