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SILVIA MARTÍNEZ CORONEL, alias AURORA BOREAL,de Montevideo, Uruguay. Soy profesora de Literatura,formadora de futuros docentes,crítica de arte,declamadora,poeta,cuentista,madre y viceversa. Amo con pasión todo lo que hago, me entrego entera, no conozco otra forma de estar en el mundo, ni quiero aprender. Los textos aquí expuestos están registrados como propiedad intelectual de la autora.Si deseas hacer uso de ellos has de ponerte en contacto con ella. Todos los derechos reservados. No se puede copiar ni distribuir. No se puede hacer uso comercial con esta obra. No se pueden hacer trabajos derivados de ella.

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lunes, 21 de mayo de 2012

MICIFUZ

Le decían Micifuz, desde el día que lo vieron pasarse una tarde entera debajo del banco de una plaza por miedo a que lo vieran los perros bravos de la cuadra.
Llevaba mucho tiempo en la calle, desde que su dueño le había quebrado una pata de un golpe y lo había echado fuera.
Desde entonces comía lo que encontrara, lejos de los restoranes, desde la primera vez que salió uno de dentro y le amenazó con un cuchillo. Había aprendido a calcular la hora en que ya no quedaba nadie, para merodear intentando encontrar algún resto de comida. Entonces ya quedaba muy poca cosa, pero por lo menos ahí no corría peligro de que los humanos le insultaran o persiguieran, y si escuchaba que algún otro perro venía, se iba corriendo. Antes de que quisiera hacerle guerra por un hueso, era mejor que ni lo viera, y no tener que soportar la humillación de entregarle su comida sin pelea.
A veces algún niño lo miraba con simpatía y eso le daba para sentirse bien por varios días, claro que eran muchos más , los que era presa de las burlas y el blanco de las piedras de otros niños. Igual, ya hacía mucho que había aprendido a ser el chivo expiatorio de la maldad, que a diario pasaba a su lado y le sonreía con su mueca sin dientes. Ya no esperaba nada de la vida, sólo le hubiera gustado ser más pequeño para ocupar menos espacio, y no ser visto, o no molestar a otro que quisiera pararse donde él estaba parado. Claro, él siempre se corría, pero a veces el lugar era tan pequeño, que por más que se acurrucara no parecía dejar de ser una molestia para el circunstancial compañero de guarida.
Su pelaje que un día supo ser de un blanco reluciente, ahora era gris, gracias al lodo, el polvo, los charcos, los gases de los autos, los basurales.
Un día muy azul, luego de la lluvia, se allegó a una fuente y se miró, y en seguida dio vuelta la cara para no verse, lo sorprendió la tristeza oscura de su mirada, y pasó el resto del día corriendo , escapando de sí mismo.
Si alguien le hubiera preguntado por qué seguía vivo, no hubiera sabido qué contestar…sentía que debía…eso era todo…ilusiones hace rato no tenía…hablar no lo hacía con nadie…no tenía a nadie…ni nadie lo tenía…era una muerte a la deriva de la vida, que ya no preguntaba por su suerte… acostumbrado al látigo de los días…y al olor pestilente de los perfumes de las casas de los ricos.
Un día le hizo detenerse la visión de un perro atropellado, le miró bien las patas separadas, el vientre hundido, la boca abierta, los ojos apagados, y se dio cuenta de que no sentía nada, que lo había contemplado como a un cuadro, giró sobre sus patas, caminó largo rato, y una angustia empezó a embargarle todo el cuerpo. El dolor era peor que el de luego de ser el blanco de las piedras de los niños, y se asustó ante lo desconocido.
Buscó con prisa un lugar donde esconderse, y el llanto le fue llegando despacito, de a poco fue recrudeciéndose, hasta transformarse en un concierto de alaridos.
Cuando le llegó la mirada vacía del cojo gris , supo que no le quedaban más de dos o tres horas a aquél pobre perro, que llevaba más o menos el mismo tiempo de visita que él, por esta mugrosa vida sin sentido.


Silvia Martínez Coronel
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