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SILVIA MARTÍNEZ CORONEL, alias AURORA BOREAL,de Montevideo, Uruguay. Soy profesora de Literatura,formadora de futuros docentes,crítica de arte,declamadora,poeta,cuentista,madre y viceversa. Amo con pasión todo lo que hago, me entrego entera, no conozco otra forma de estar en el mundo, ni quiero aprender. Los textos aquí expuestos están registrados como propiedad intelectual de la autora.Si deseas hacer uso de ellos has de ponerte en contacto con ella. Todos los derechos reservados. No se puede copiar ni distribuir. No se puede hacer uso comercial con esta obra. No se pueden hacer trabajos derivados de ella.

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domingo, 9 de diciembre de 2012

EL CUCHILLO




Tres niños encontraron mientras jugaban un cuchillo enterrado en el patio.
Era grande , mango de madera con clavos, hoja de metal curva.

No sintieron miedo, ya que no imaginaron para lo que podía servir uno tan grande, sí curiosidad, sorpresa.
Se miraron entre sí, como indagando cuál de ellos sería el primero que se acercaría al objeto.
Cuando uno dio el primer paso, un rayo de luz de sol se posó sobre la hoja, y un abanico de colores se desplegó.
Los niños emocionados se echaron a reír, y corrieron, al otro extremo del patio, dónde quedaba la casa, a contárselo a su madre.
Cuando entraron la encontraron cabizbaja y llorando, mientras contaba porotos negros, en la cocina. Una gran piedra se les instaló en la garganta, y la alegría se les borró de la mirada.
-¿Qué pasa?, dijeron al unísono los niños.
-A su padre lo acaban de acuchillar en el bar, gente de mala vida, encapuchados. Salieron corriendo, no se sabe de su paradero.
Su abuelo está arreglando todo para el velorio, en el pueblo.
Lo único que se tiene es que fue con una daga, un cuchillo grande, de hoja curva.
Si por lo menos se encontrara al maldito, se tendrían las huellas, y se podría evitar que cruzaran la frontera.
Los niños se miraron entre sí, la piedra seguía apretándoles la garganta, y ahora les temblaban las piernas…dieron media vuelta sobre sus pies y volvieron caminando despacio, y apretando los dientes, al otro extremo del patio, del cuál habían venido.
Llegaron hasta el lugar, y sin necesidad de consultárselo cavaron un hoyo muy grande, con una gruesa rama de árbol arrastraron el cuchillo hasta allí, la tarde ya caía y la luz del ocaso les mostró las manchas de sangre.
Lo dejaron caer hasta el fondo, y cuidadosamente lo enterraron de manera que no se viera desnivel en el terreno.
Al terminar, se sentaron sobre la tierra a descansar y respiraron profundo.
Al levantarse, uno de ellos dijo lo que los tres pensaban:- es la primera vez que vemos llorar a mamá por otra cosa que no sean las palizas que le daba este reverendo hijo de puta.
Escupieron sobre la tierra non sancta, y volvieron a casa caminando como hombres.

Silvia Martínez coronel
Derechos Reservados
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